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Un verano mi padre se detuvo delante de lo que ahora es la FNAC de Madrid y dijo, abrazando a un señor: ¡pero maestro, qué hace usted aquí solo! Yo debía de tener nueve años. Lo calculo, más que recordarlo, pero estoy segura de que era así porque en aquel momento era tal mi obsesión por tener una guitarra que di por hecho inmediatamente que el maestro era Andrés Segovia, autor de Recuerdos de la Alhambra, el origen de mi obsesión. El profesor de música del colegio la había tocado una vez durante las fiestas de carnaval y desde entonces yo lo perseguía para que me enseñara a tocarla, tratando de entender qué le hacía a las cuerdas para que vibraran como si estuvieran a punto de llorar. Me pareció extraño que mi padre reconociera al compositor y que lo interpelara con tanta reverencia. Me dio hasta un poco de rabia. Era yo la que tocaba la guitarra y no él. No me extrañó que Segovia conociera a mi padre y le respondiera con educada ternura, apretándole la mano, porque la fama no era la categoría jerárquica que es ahora. Después llegó una mujer joven que se lo arrancó a mi padre de las manos y se lo llevó sin contemplaciones. ¿Te das cuenta de quién era ese señor?, me preguntó con una gran sonrisa. Yo asentí fervientemente y caminamos un rato en silencio, repasando la experiencia.
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