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En agosto de 2016, Maider, una mujer vasca de 27 años, estaba en la estación de un pequeño pueblo de Dinamarca esperando la llegada del tren junto a una docena de personas. Entonces, vio bajar las escaleras a una chica de unos 20 años, guapísima, muy alta, “un pibonazo de tía”. Llevaba la cabeza agachada y se movía de manera errática, pero nadie lo percibió salvo Maider. Le llamó la atención la belleza y luego la manera que tenía la chica de desprenderse de ella, a cada paso zombi, como si se desnudase. Llevaba la mirada clavada en el suelo, la melena a los lados. Maider advirtió que llevaba los brazos llenos de sangre. Echó a correr y, cuando la chica estaba a punto de saltar a las vías del tren, la agarró de la camiseta y la tiró al suelo con violencia. La chica quería morir, llevaba tiempo intentándolo, unas cuantas horas, y Maider cree que no la disuadió. “Ese día sí, pero seguramente esté muerta ya, no quedaba gota de vida en ella”, me dice Maider. En su relato, sin embargo, no hay timbre de orgullo. Había empezado así: “¿Te conté que una vez salvé una vida?”. Y siguió: “Pero no lo hice por la chica. Lo hice porque no quería ver la carnicería. Luego me sentí un poco mal por eso, pero tampoco debo, ¿no?”. Le dije que cada vez estaba menos seguro de la importancia que le damos a la motivación de nuestras acciones, siempre que sean buenas. Que te importe la vida de una chica suicida que aparece de la nada en la estación de un pequeño pueblo danés puede ser fácil o difícil. Que quieras ahorrarte la visión de un suicidio, y sus correspondientes consecuencias, es natural. A Maider le sorprendió que el resto de pasajeros se subió al tren como si nada. Quizá la chica hacía eso todos los día a la misma hora, le digo. Quizá la única manera de sentirse viva es saber que una mano, aunque sea de tan lejos, siempre la tirará al suelo.
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