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Fue en el año al parecer remoto de 1968, una mañana en que me dirigía a la escuela secundaria de mi barrio habanero donde cursaba mis estudios cuando tuve una muy impactante revelación de qué cosa podía ser un proceso revolucionario radical. Camino del centro escolar pasé por la que todos conocíamos como La Quincalla de Fina, donde solíamos encontrar, a precios muy razonables, algunos de los útiles que necesitábamos. Ese día yo pretendía comprar un lápiz y, para mi frustración, vi que el pequeño mostrador, colocado en el vano de una ventana, permanecía cerrado a una hora en la cual solía estar abierto. Muy cerca vi entonces al viejo Serafín, el esposo de la señora Fina, y le pregunté por qué no estaba abierta la quincalla y me respondió que el negocio no funcionaría más hasta que el gobierno lo decidiera: como parte de una Ofensiva Revolucionaria la diminuta tienda había sido intervenida y, de manos de Serafín y Fina, pasaba a ser propiedad del pueblo, aunque en realidad lo era del Estado… Y, como comprobaríamos muy pronto, sería propiedad de nadie pues la quincalla nunca volvió a existir y, por lo tanto, dejó de vender los lápices (incluso los cotizados bicolores), las gomas de borrar y las libretas que por años allí habíamos adquirido.
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