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Cultura y Estilo

La expulsión de Julio Scherer García como director del diario Excélsior en 1976

La expulsión de Julio Scherer García marcó un punto de inflexión en la relación entre el poder y la prensa en México, según el libro "La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976" de Arno Burkholder.

Prensa y poder, el espejismo de una relación cambiante en 50 años
Fuente: El Universal Cultura

La expulsión de Julio Scherer García como director del diario Excélsior en 1976 marcó un punto de inflexión en la relación entre el poder y la prensa en México.

El incidente ocurrió después de una asamblea tumultuosa de socios de la Cooperativa Excélsior, donde Scherer fue acusado de malversación y obligado a dejar su cargo, que había ocupado desde 1947.

La expulsión de Scherer fue un evento sin precedentes en la historia del diario, ya que hasta entonces ningún director había sido despedido de manera tan drástica.

Según el libro "La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976" de Arno Burkholder, este episodio se produjo en un momento en que la relación entre el poder y la prensa estaba cambiando tras la matanza de estudiantes en 1968.

La matanza del 2 de octubre de 1968 rompió la complicidad entre el gobierno y los medios de comunicación, desatando una furia presidencial contra el diario Excélsior que solo fue apaciguada gracias a la intervención de Lázaro Cárdenas.

Burkholder sostiene que la relación entre el poder y la prensa ha sido fundamental en la historia del periodismo moderno, y que depende en gran medida de las circunstancias políticas del país.

Desde la época de Scherer hasta la actualidad, el binomio entre el poder y la prensa se ha caracterizado por un espejismo que ha dejado a los lectores y la ciudadanía con poca relevancia en ambos lados.

Según Burkholder, este modelo se basa en una relación de complicidad entre el gobierno y los medios de comunicación, donde el lector y la ciudadanía son considerados como simples espectadores.

El diario Excélsior sobrevivió durante este período turbulento hasta la llegada del presidente Luis Echeverría, quien implementó una política errática que no fue bien recibida por el periódico.

Ante las promesas de un PRI renovado, el dueño del diario, Roberto Scherer, buscaba colaborar con el presidente para fortalecer al gobierno y hacerlo más parecido al de Lázaro Cárdenas.

Sin embargo, la intención de Echeverría no era crear una democracia ni alternar en el poder, sino mantener el sistema político actual. Scherer creía que el periódico podría ayudar a sostener este sistema mediante su crítica constructiva.

Pero las ilusiones del gobierno de Echeverría se esfumaron gradualmente y las críticas del diario pesaron demasiado, lo que derivó en la intención de controlar el medio en un juego político complejo.

El gobierno y el presidente salieron a la defensa del periódico, como lo reconoce Scherer, y le dieron dinero en efectivo para que siguiera pagando las nóminas y no cerrara. A cambio, el diario anunció a las empresas paraestatales.

Los empresarios que habían boicoteado al periódico se dieron cuenta de que su estrategia no funcionaba porque seguían teniendo dinero, por lo que regresaron con sus anuncios. La siguiente estrategia del gobierno fue dinamitar políticamente el periódico desde dentro.

El estirón y afloje entre prensa y poder durante este período reflejó la dinámica del paternalismo del poder político priista, donde el presidente resolvía todo y todos buscaban su favor.

La aparición de medios críticos como Proceso y su director Julio Scherer, marcó un cambio significativo en la relación entre la prensa y el poder político durante la década de los ochenta.

Proceso comenzó a destacarse por sus investigaciones y reportajes que desafiaban la narrativa gubernamental, algo inusual en ese momento.

Según Julio Scherer, la revista nació con un sello editorial claro: no se olvidarían el golpazo recibido del poder político.

Esta postura crítica de Proceso sentó precedente para otros medios que comenzaron a surgir durante esa época, como Unomásuno, La Jornada y publicaciones financieras como El Economista y El Financiero.

Estos cambios se produjeron en un momento de resquebrajamiento del PRI, lo que llevó a una generación de políticos con una visión diferente al poder.

El historiador destaca que este período marcó el fin de la era en la que el presidente tenía la última palabra y los medios debían buscar su favor.

En los estados, durante la década de 1940 a 1976, la prensa regional jugó un papel fundamental al desafiar las intrigas del poder y la influencia de la prensa capitalina.

Los periodistas locales descubrieron corrupción y nexos entre políticos y criminales en sus reportajes, lo que contribuyó a cambiar los cacicazgos y la política en entidades como San Luis Potosí, Baja California y Oaxaca.

Periódicos como El Chapulín de Oaxaca se convirtieron en una fuente importante de información y entretenimiento para la población local, que les tenía confianza y disfrutaba leyéndolos.

En este período, los medios locales lograron influir en la política estatal y en algunos casos incluso "tumbaron a los gobernadores, demostrando su poder y capacidad de cambio.

Aunque el PRI mantuvo el control en las elecciones locales, la gente comenzó a tomar decisiones informadas al elegir a sus candidatos oficiales, lo que marcó una diferencia significativa en la relación entre el poder gubernamental estatal y los medios.

La prensa regional también contribuyó a romper con la tradición de la época de oro" de la prensa capitalina, donde periódicos como Excélsior y El Universal eran ignorados por la población en los estados.

En su lugar, los periodistas locales se centraron en investigar y exponer la corrupción y la violencia que afectaban a sus comunidades, lo que les ganó el respeto y la confianza de la gente.

La apertura de una caja de Pandora marcó el comienzo de un período de contradicción en México, donde se registró una mayor libertad y crítica mediática, junto con una escalada de violencia para reprimir a la prensa.

Según el periodista Jacinto Rodríguez Munguía, esta situación se debió a que por primera vez se vislumbraron las condiciones para ejercer un periodismo profundo y riguroso, donde se vuelve un contrapeso del poder político.

El contexto en el que ocurrió esto es crucial, ya que forma parte de un proceso de sociedades abiertas que buscan la rendición de cuentas de los gobiernos y el empoderamiento ciudadano, incluyendo a la prensa.

En este nuevo escenario de libertad de expresión, una nueva generación de periodistas jóvenes se hizo presente, dedicados al periodismo de investigación y dispuestos a involucrarse en temas antes intocables.

Según Rodríguez Munguía, esta generación tiene una agenda que no está condicionada por el vínculo de los medios con el poder gubernamental, lo que les permite abordar asuntos con mayor libertad.

Sin embargo, la realidad es que el periodismo enfrentó un nuevo desafío en este período democrático: el crimen organizado se convirtió en un actor poderoso y violento, que no teme a los medios de comunicación.

En este contexto, el periodista se enfrenta a un nuevo desafío en su labor de informar sobre la realidad del país.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia y el ascenso del partido Morena marcaron un cambio significativo en la relación entre la prensa y el poder político.

El toque del ex mandatario cambió las reglas, y la relación se volvió más pragmática, pero también más severa con la crítica a su gobierno.

Una de las primeras manifestaciones de este cambio fue la reducción del dinero que recibían los medios mediante publicidad oficial y subvenciones.

La presión sobre los medios para que se alineen con la visión del gobierno se hizo más intensa, lo que llevó a algunos periodistas a cuestionar su independencia.

Datos basados en información reportada originalmente por El Universal Cultura.

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