Carlo Petrini, el fundador de Slow Food, falleció a los 76 años en Bra, Italia, dejando un legado que redefine nuestra relación con la alimentación. Su mirada hacia la comida se centraba en el origen, conectando al comensal con el productor y destacando la importancia de las decisiones económicas que impactan lo que finalmente llega a nuestra mesa. Petrini argumentaba que comer no es solo un acto automático; es una participación activa en un sistema que puede fortalecer comunidades o, por el contrario, hacerlas invisibles.
En 1986, se hizo famoso por su protesta contra la apertura de un McDonald’s en la Plaza de España, en Roma. Sin embargo, su contribución va más allá de esa emblemática imagen. Con la creación de Slow Food en 1989, Petrini inició un movimiento que buscaba no solo defender el placer de comer, sino también la biodiversidad, los cultivos locales, la salud del territorio y la dignidad de los productores. La lentitud, en su visión, era una invitación a redescubrir de dónde provienen los ingredientes, quién los cultiva y qué historia cuentan detrás.
En sus propias palabras, “Fortalecer la producción local. Esta es la verdadera modernidad, no es una nostalgia del pasado”. Esta declaración resuena con fuerza hoy, a medida que muchos restaurantes adoptan conceptos como trazabilidad y agricultura regenerativa. Petrini había adelantado estas ideas, planteando la necesidad de proteger variedades en peligro, fortalecer economías locales y establecer redes entre cocineros y agricultores.
Petrini también instó a los chefs a asumir una mayor responsabilidad. Ellos no solo preparan alimentos; crean deseo y pueden dar visibilidad a productores que a menudo quedan fuera de la narrativa gastronómica. En un mundo donde los consumidores son cada vez más inquisitivos, Petrini vio la oportunidad de transformar el papel de quien come, convirtiéndolo en un agente de cambio.
El movimiento Slow Food no se limitó al discurso. A través de Terra Madre, establecido en 2004, reunió a un diverso grupo de agricultores, pescadores, cocineros y académicos para dialogar sobre el futuro de la alimentación. También fue pionero en la creación de la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo, enfoque integral en la comida que abarca la historia, ecología y cultura. Su iniciativa más emblemática, el Arca del Gusto, catalogó alimentos y saberes en peligro de extinción, reconociendo que la pérdida de un ingrediente va más allá de su sabor; implica la desaparición de técnicas, tradiciones y relaciones con el entorno.
Petrini nunca rehusó criticar un sistema alimentario que consideraba “criminal”, señalando las contradicciones entre la sobreproducción de comida y la persistencia del hambre y la pérdida de biodiversidad. Su fallecimiento se produce en un contexto donde las discusiones sobre la sostenibilidad alimentaria han cobrado una nueva relevancia. La crisis climática, el aumento de precios y el avance de la comida ultraprocesada son cuestiones que afectan tanto a los consumidores como a los pequeños productores.
Aunque no logró detener la expansión de la comida rápida, Petrini presentó un lenguaje que resalta lo que se pierde en la búsqueda de la velocidad: el origen, la temporada, el productor y, sobre todo, la justicia y diversidad de nuestros alimentos. Su legado continúa instando a todos a considerar que cada alimento tiene una historia que cuidar, y que dicha historia puede enriquecerse y prosperar en un mundo más consciente.
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