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Durante una década y media, Hungría fue el campo de pruebas de lo que su primer ministro, Viktor Orbán, bautizó como “democracia iliberal”. Era un sistema autoritario en las formas, ultraconservador en su ideología, y antieuropeísta y prorruso en la política exterior. Partidos como Vox en España y toda una constelación de grupos nacionalistas de derechas de Europa y Estados Unidos buscaron inspiración, ideas y también financiación en el pequeño país de menos de 10 millones de habitantes. Las elecciones del pasado abril demostraron que Orbán no sería eterno. Era posible derrotarlo. Lo sucedido desde que Péter Magyar llegó al cargo y puso en marcha una batería de iniciativas para devolver al país al Estado de derecho encierra una enseñanza valiosa. Budapest muestra que existe un método para desmontar todo el andamiaje de intereses y corrupción que parecía inamovible, un modelo húngaro para poner fin a los regímenes iliberales.
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