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Ser articulista durante el Mundial se ha convertido en profesión de riesgo. Con los últimos acontecimientos, o te la juegas mucho o cualquier cosa que se escriba, por ejemplo esta, va a pasar desapercibida. Un expresidente de 71 años, registrador de la propiedad y gallego, ganando la batalla por la viralidad a los nuevos influencers y los nuevos formatos. Imaginen dónde quedamos el resto, que escribamos lo que escribamos no indignaremos nunca a la oficialidad. Dice Ricky Gervais que el humor no debería tener límites y estoy de acuerdo. ¿Se puede bromear sobre el cáncer, sobre el aspecto de las personas, sobre los estereotipos raciales, sobre la orientación sexual o religiosa? Quiero creer que sí. Lo he visto, escuchado y me he divertido. Lo he defendido contra quienes pensaban que no. He discutido con quienes dicen que el humor no debe llegar a ciertos lugares, y que cuando llega entonces ya se convierte en otra cosa que no es humor. Hay un arte en hacer reír a un cura con un chiste sobre la pederastia. Lo que sucede es que el humor requiere mucho nivel. Cualquier chanza a destiempo no es humor y por tanto no tiene ni debería tener el escudo ni la inviolabilidad que defiendo. Hay profesionales del humor por un motivo: un buen chiste requiere calidad en el emisor, en la forma, en el momento y en el objetivo. Si no lo tiene, se convierte en otra cosa que no es humor, puede que hasta criticable. Y por tanto viral. No perdemos la oportunidad de exagerar una metedura de pata.
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