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A estas alturas y con la que está cayendo, con tanto reaccionario levantisco, neofachita orgulloso y retrógrado entusiasmado de conocerse, no seré yo quien se ponga a escribir un artículo sobre los peligros de lo políticamente correcto, porque la verdad es que encuentro mucho más peligrosos los ataques a los valores democráticos que hay por doquier, y porque además la idea de lo políticamente correcto me parece sensata. Es un hecho innegable que la lengua no es neutra sino que se adapta como una piel al cuerpo social, reflejando todos sus valores y prejuicios. Y es lógico que, a medida que la sociedad cambia, los actores de ese nuevo mundo quieran y hasta exijan que la lengua también cambie, para que refleje su realidad. En el precioso libro El club de las modernas, de Eva Cosculluela, vemos que en la España de los años veinte las maestras especializadas en dar clase a ciegos y sordos eran llamadas anormalistas, porque enseñaban a anormales. Ahora no sólo no se nos ocurriría decir semejante cosa, sino que el término nos revienta el oído.
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