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Cuando Madrid era Madrid, la Puerta del Sol ofrecía a diario una cascada de escenas costumbristas, descacharrantes, insólitas o tiernas que surgían espontáneamente, sin que predominara en ellas un afán por agradar al visitante o estimular su bolsillo. El número de turistas resultaba aún razonable y quedaba ampliamente superado por los lugareños, que usaban el kilómetro cero de España para los fines más variopintos. Abundaban las idas y venidas apresuradas o las esperas incómodas porque no había dónde sentarse. Un día apareció un mariachi y gustó al personal, tanto, que un señor calvo se animó a un bailable delante de todos. En otra ocasión apareció un imitador de Bob Marley con unas rastas falsas que casi llegaban al suelo. Y todos, todos los jueves, un grupo de familiares de represaliados del franquismo sacaba a pasear por la plaza sus reivindicaciones y las fotografías de sus padres o abuelos para quienes pedían memoria, justicia y reparación.
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