Dos días antes de que Rafa Nadal agradeciera desde Acapulco la cálida bienvenida mexicana, a unos kilómetros de ahí, se había desatado el caos. El viernes por la noche, tres hombres incendiaron con bidones de gasolina el mercado central de la ciudad costera, arrasando con al menos 50 locales y toda la mercancía.
El domingo por la noche, un motín en la cárcel dejó más de 17 heridos. Y el domingo, mientras en la joya del turismo del Pacífico se inauguraba el Abierto de tenis mexicano y el deportista español se presentaba con el título del tenista masculino más victorioso de la historia —con 21 Grand Slams—, las autoridades presumían de la detención del líder del narco que controlaba la plaza de Acapulco, José Miguel B., alias El Ardilla.
Acapulco convive estos días con el glamour de los aficionados al tenis —políticos, empresarios y farándula mexicana— y con la realidad más oscura que no ha abandonado desde hace décadas al puerto. Las autoridades tratan de contener la violencia que no ha cesado en este rincón del Estado de Guerrero, punto clave del narcotráfico desde los noventa, y que estos días se asfixia entre extorsiones a comercios y operativos del Ejército.
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La semana pasada, los militares intensificaron la caza de los extorsionadores en el mercado central. El miércoles, los comerciantes protestaron en la calle principal de la ciudad por la irrupción del Ejército en sus locales y cómo los habían puesto en aprietos.Y el viernes por la noche, ese mercado fue incendiado por tres hombres con bidones de gasolina.
Las autoridades municipales han contabilizado unos daños que alcanzan a más de 50 locales con toda la mercancía. Las imágenes de las llamas arrasando el mercado central de la ciudad costera recordaron a las de hace unos meses, en la famosa discoteca Baby’O, símbolo de la fiesta acapulqueña por excelencia desde hace más de 30 años.
En ese caso, ocurrido en septiembre pasado, los vídeos de las cámaras de seguridad captaron el momento en que un grupo de hombres, también armados con bidones de gasolina, prendieron fuego al local y con él se apagó una parte de la noche de Acapulco. Una ciudad que no ha logrado reponerse del terror del narco, de las cabezas arrojadas en la Costera Miguel Alemán, de las balaceras en el pueblo.
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El Ardilla, del que las autoridades solo han mencionado su nombre de pila en la ficha de detención como una forma de preservar su identidad —aunque en la foto policial solo una línea negra tape sus ojos—, es el presunto responsable de toda la violencia que ha mantenido en jaque a la ciudad en los últimos meses. El principal problema de Acapulco estos días, según han denunciado sus habitantes, es el llamado derecho de piso, un impuesto que recauda el narco a cambio de permitirle al pequeño empresario seguir operando y a menudo bajo amenaza de muerte.
Poco antes de que arrancaran los preparativos del evento deportivo más importante de la ciudad, la gobernadora de Guerrero, Evelyn Salgado Pineda (de Morena) aseguró que “Guerrero está protegido”.
Un motín en el penal estatal de la ciudad, el Centro de Reinserción Social (Cereso) de Acapulco, organizado por los reos, provocó al menos 17 funcionarios lesionados. Y de nuevo, los focos volvieron a alumbrar al puerto oscuro, violento, que no ha conseguido silenciarse con la pomposidad del evento deportivo.
El objetivo de los amotinados, según las autoridades estatales, fue evitar el traslado de unos 60 presos a cárceles federales. Y en la madrugada del lunes, unos 50 reos tomaron el control de la cárcel y llegaron a ocupar el edifico de Gobierno del Cereso. Durante este incidente, 13 agentes de la policía y cuatro de la Guardia Nacional resultaron con lesiones, no se han reportado más víctimas por el momento.
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