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Así transcurre la historia. Así acelera, por raíles de AVE, imprevisible y segura. Y siempre la incertidumbre de la esperanza, la impaciencia del ay, quizás, la dialéctica de las emociones. Así la construye Tadej Pogacar, emperador de la década, que mira hacia atrás y contempla una primavera casi perfecta desde el más alto cajón del podio de Lieja, donde el príncipe de Mónaco, el soberano que le perdona los impuestos, le regala un gigantesco osito de peluche.
Cinco días de competición, cuatro victorias, un segundo puesto, y no en carreras pequeñas, días de calentamiento y poca monta, sino solo en primeros platos, en lo más importante hasta la llegada de las grandes vueltas: victoria en las Strade, en San Remo, Flandes y Lieja. Segundo en la París-Roubaix, un fracaso que nadie percibió, tan emocionante fue llorar con Wout van Aert martirizado hasta entonces.

Tres triunfos en Monumentos. 80% de eficacia. Ni Merckx. Ni Paul Seixas que, un espárrago de 19 años, un Pogi baby, podría decirse, asciende fulgurante, pegado a la rueda del esloveno que acelera, de pie sobre los pedales en el punto matador, a 650 metros exactos de la ascensión de La Redoute, entre caravanas que cortan el aire, y gritos roncos de hinchas enloquecidos. Y, a su espalda, el jadeo cercano de Seixas, que se siente una marioneta asida a un hilo a punto de romperse, pero no se despega.

La primera vez que ganó la Lieja-Bastoña-Lieja —descenso en la Valonia belga por bosques oscuros en la mañana fría; regreso a la casa del príncipe, ya con sol, viento de cara, por las cuestas de las Ardenas, suburbio de viviendas adosadas, castillos neoclásicos con jardines versallescos, La Redoute y la Roca de los Halcones, sus lugares favoritos de caza—, Tadej Pogacar se deshizo al sprint de los residuos de la vieja generación; Alaphilippe, Gaudu, Valverde, Woods. Fue hace solo cinco años, un siglo. La segunda y la tercera victorias, en 2024 y 2025 —no participó en 2022 porque la víspera se murió la madre de su novia, y se cayó en 2023 y se rompió la muñeca—, las consiguió de la misma manera, en el mismo lugar, a 900 metros de la cima del repecho, donde eleva su cadalso. Compañeros que aceleran, Sivakov un año, Novak otro, rivales con el agua al cuello, de pie sobre los pedales, aceleración, muerte y fuga. Paseo solitario de 34 kilómetros. La competencia, arrasada.
Para conseguir la cuarta no varió su guion. Aceleración, de Cosnefroy esta vez, trampolín y lanzamiento. ¿Muerte y soledad? No. A su espalda, la alegre compañía del niño Seixas, esforzado y retorcido a su rueda, resistente. Por primera vez, un rival aguanta el ataque del Pogacar todopoderoso, dios de La Redoute. El esloveno toma aire y lo intenta de nuevo, otra vez de pie sobre los pedales, necesita de toda su energía y voluntad, 500 metros más allá, donde el 22% que tortura las voluntades. Seixas aprieta sus grandes dientes de conejo simpático, cabeza entre los hombres, al límite, al límite, las palancas inmensas de sus fémures de ciclista perfecto hacen girar con lentitud la cadena, pero avanza. Cede unos centímetros. El hilo de la marioneta resiste. El momento, los segundos de lucha, de ataque, de resistencia, de dolor, de frustración, en una cuesta de la Bélgica suburbana, cobran valor histórico. Las victorias de Pogacar, más disputadas ahora, ya no aburren. Hay pelea, más allá de sus duelos limitados a tres días al año con Mathieu van der Poel. El mundo ya no es Pogacar y los demás. Es Pogacar, Seixas y el resto, incluido Remco Evenepoel, que se ve absorbido por un torbellino nada más abandonar Lieja, y condenado.
Viento de espaldas a las 10 de la maña. Velocidad loca. Pelotón cortado. Evenepoel, el único, aparte del esloveno, que ha ganado en Lieja durante la monarquía Pogacar —dos victorias: 22 y 23, regente por la ausencia del esloveno—, tiene la mala suerte de encontrarse delante, con 60 más. En el grupo más grande, Pogacar y Seixas se frotan las manos. El corte limpiará el grupo. Menos peligro en la entrada de las cuestas los últimos 80 kilómetros, la trilogía Wanne, Stockeu, donde Merckx, Haute Levée. Los últimos 35, tan peligrosas las maniobras para coger buena posición: La Redoute, Forges, la Roca de los Halcones. No habrá que jugársela con los codos. Evenepoel no tiene más remedio que colaborar delante. Detrás se contemporiza. Se concede cuatro minutos y, a partir del regreso desde Bastoña, y el viento de ya de cara, se acelera. Evenepoel llega mal colocado a La Redoute. Está décimo cuando se van Pogacar y Seixas. Demasiado lejos. Solo pelea, finalmente, para terminar tercero, lo que le satisface, dice con media sonrisa, después de haber quedado también tercero en Flandes y haber ganado la Amstel en el Cauberg.
El torbellino convirtió a la carrera en la Lieja más rápida de la historia. Por primera vez se bajó de seis horas (5h 50m) para cubrir los 259 kilómetros. Media récord; 44,426 kilómetros por hora.
Cuando Seixas quedó segundo en las Strade, el mundo se felicitó. Un chaval de 19 años mostraba los dientes. No se arrugaba. Es el futuro. El nuevo rival, el último que le desafía, pertenece a su casta, corre como él, de forma agresiva, sin miedo a los riesgos ni a la derrota. Ocho años menos. La misma mentalidad. Pogacar duda en el falso llano hacia la cuesta de Forges. Como Van der Poel en Flandes, aun intuyendo que le puede costar las últimas fuerzas, el francés de Lyon, sangre portuguesa, la herencia del carácter de Agostinho, su grandeza, le da relevos al esloveno. Colaboran los dos para abrir el hueco, para aislarse los dos en su mundo. Pogacar confiesa después que ya estaba resignándose, pensando en un paso a dos como número final frente al teatro de la Ópera de Lieja, en el muelle de las Ardenas junto al canal del Ourthe. “Sí, tío, en La Redoute estaba dando todo lo que tenía y veía que él hacía un poco a tirones, pero en la cima se puso a mi lado y me impresionó mucho”, dice Pogacar. “Luego tiró con mucha fuerza todo el rato y abrimos una gran brecha, lo cual fue genial para nosotros y entonces en mi cabeza ya me estaba preparando para un sprint a dos porque él estaba muy fuerte, un codo a codo definitivo”.
Quizás Pogacar —13 Monumentos ya, una San Remo, tres Flandes, cuatro Liejas, cinco Lombardías— intuía ya entonces el rostro que perturbará su reinado en los rasgos juveniles de Seixas, mejillitas de adolescente, musculatura en formación, bajo esas cejas de viejo sabio y en esa mirada decidida e intensa. El ciclista que acabará con él. Quizás sintió lo mismo que Eddy Merckx cuando Luis Ocaña se puso a su lado, y por delante, en el Tour del 71.

El orgullo derrota al miedo. Pogacar no se resigna al sprint. Es un campeón. Queda aún la ascensión más dura: 1.300 metros al 11%. La Roca de los Halcones. El último suspiro de Pogacar, que a 14 kilómetros de la meta acaba con la resistencia de Seixas. “Lo intenté a mi ritmo”, confiesa Pogacar. “Conozco la subida de maravilla, me va muy bien. Por suerte, él se quedó atrás”. Pogacar llega solo, como le gusta, a la última recta. Tiene tiempo para estirarse el maillot, para verse el brazalete negro en el brazo izquierdo y recordar a Cristian Muñoz, su excompañero colombiano que falleció el sábado, a los 30 años, en un hospital de Asturias de una infección contraída tras una caída en una carrera en el Jura. Levanta un dedo hacia el cielo, cruza la meta y espera. 45s después llega hace Seixas. Pogacar, el rey, lo recibe. Lo abraza. Este es mi heredero, el destino.
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