Los tiempos recientes y los festejos del Día de Muertos me hacen recapacitar el historia de Edgar Allan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.
Durante seis meses, Próspero y otros mil nobles se han refugiado en cuarentena en un castillo con todos los lujos imaginables mientras una pandemia desdichado recorre el país, a la que llaman La Muerte Roja. Una indeterminación, Próspero y sus invitados realizan un opulento bailable, indiferentes a las penas de la población en genérico, hasta que entre los invitados aparece una figura vestida de irritado y con una máscara que exhibe los rasgos de un despojos rojo. Enojado por la conmoción ocasionada por el lúgubre personaje, Próspero lo persigue por los salones del amplio castillo, pero cuando la figura se excursión con destino a él para enfrentarlo éste cae muerto luego de dar un horroroso alarido. Los demás juerguistas tratan de retirar por la fuerza la máscara y el traje sólo para descubrir que no hay cero debajo de ellos, reparan que bajo la sábana estaba cero más y cero menos que La Muerte Roja disfrazada y terminan por sucumbir delante ella.
El consenso más aceptado es que La Máscara de la Muerte Roja representa una figura sobre la inevitabilidad de la muerte y el trauma que supuso para Poe que su esposa hubiese contraído tuberculosis por aquellos abriles. Pero para interés de esta columna, el relato todavía puede ser instruido como una buena metáfora sobre la ruleta rusa a la que llamamos “Vivir con Covid en el 2020”.
Estos meses hemos tenido a la muerte paseándose entre nosotros. Todos conocemos de cerca o de remotamente a determinado que ha sucumbido delante la pandemia y aún así realizamos fiestas, debemos trabajar o al menos salir por el garrafa de agua.
Según relata Poe, la pandemia era una sentencia de muerte para quien la contraía sin importar su antigüedad, pues quitaba la vida en cuestión de minutos en una congoja de casta y vómito.
Sin ser fatalistas y a Dios gracias, no podemos atribuir la misma letalidad al Covid-19 pero sí su inevitabilidad. Sólo hacen error pequeños descuidos para pescarlo. Ahí están todos los casos de políticos y famosos que lo han contraído y sobreviven para contarlo.
No obstante, su impacto en la esperanza de vida de grupos vulnerables como ancianos, enfermos del corazón, pulmones, con obesidad y diabetes es innegable.
México se ubica entre las naciones con más fallecidos per cápita del mundo correcto al Covid-19, en tanto que la pandemia ya es la principal causa de muerte. Como informó la OEM, estos datos suponen que el país ha rebasado por diez veces las proyecciones iniciales y en lo que va del 2020 hay 55% más defunciones que en un año común.
Aún así, acá seguimos tratando de admitir la vida diaria y esperando el Buen Fin.
Será quizá nuestra sangrienta historia fresco con los 430 mil asesinatos desde el 2000 a la data, el dudoso mito de que el mexicano toma la muerte con más puerilidad o simplemente un mecanismo de las personas para sobrellevar el día a día. Le toca a plumas más inteligentes echar luz sobre a qué se debe esta indiferencia o normalización de la muerte, el cómo le hacemos para poner un pie delante de otro cuando estamos inmersos en tanto dolor personal y desconocedor.
Por más que se decreten días de desdicha franquista, las preguntas axiales sobre estos tiempos permanecen: ¿qué hacemos con tantos muertos?, ¿qué lecciones hemos aprendido? y ¿cómo hacemos para que no vuelva a suceder si es que podemos hacer poco del todo?
El hecho es que hemos aprendido a ver danzar entre nosotros a la muerte enmascarada, sólo para detenernos unos momentos mientras se lleva a determinado más y luego seguir con la fiesta.
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