En junio, la inflación en México descendió a un 3.37% anual, marcando el nivel más bajo desde diciembre de 2020. Esta noticia resulta alentadora para el gobierno, el Banco de México y, sobre todo, para los hogares que están enfrentando un panorama económico difícil. Sin embargo, un dato positivo en el ámbito mensual no elimina los riesgos que persisten.
Uno de los principales desafíos no se origina en las decisiones recientes del gobierno, sino que se ha acumulado a lo largo de los años debido a decisiones erróneas que se pueden resumir en términos simples: cambio climático. La situación climática en México es compleja y desigual; no enfrentamos un solo problema, sino varios superpuestos. Hay regiones que sufren exceso de agua, mientras que otras enfrentan sequías que amenazan la agricultura y el sistema de presas.
El mes de julio comenzó con lluvias intensas en el centro-sur del país, donde se registraron precipitaciones de entre 100 y 200 milímetros, llegando hasta 500 en algunas zonas montañosas. Sin embargo, este fenómeno no alivia la sequía que asola el norte del país. En lugares como Puebla y la Ciudad de México, la lluvia se transformó en inundaciones urbanas que colapsaron calles, sin llenar las presas que tanto las necesitan.
En contraste, el norte vive una severa ola de calor, con temperaturas que superan los 40 grados. A nivel nacional, la sequía parece estar controlada, con solo un 7.4% del país afectado, el nivel más bajo desde 2020. Sin embargo, este promedio oculta la realidad del norte, donde la situación es más crítica.
Las principales presas del país, aunque recargadas por las lluvias, almacenan apenas 56,900 millones de metros cúbicos, un 48% de su capacidad máxima. Así, mientras una cuenca sufre inundaciones, en la vecina falta el agua.
Cuando las lluvias perjudican la infraestructura urbana en lugar de beneficiar los cultivos, el riesgo cambia de forma, impactando la producción agrícola, la logística y, en última instancia, los precios de los productos básicos. Es crucial aclarar que no toda sequía se traduce en inflación general; sus efectos se sienten en productos específicos y en los hogares que dependen de ellos. Un estudio del Banco de México sobre el maíz blanco y el frijol revela que los choques climáticos pueden elevar sus precios entre un 2% de forma inmediata y hasta un 2.5% de forma rezagada.
La irregularidad en las lluvias y la insuficiencia de infraestructura para gestionar el agua son problemas fundamentales que explican la dualidad de inundaciones y sequías. Un mes experimentamos un exceso de agua, y al siguiente, una falta que afecta la producción agrícola, resultando en precios más altos para los alimentos.
Este tema es crítico, ya que los alimentos representan un porcentaje significativo del presupuesto de los hogares de bajos ingresos. El aumento en precios de productos esenciales como la tortilla, el frijol, el huevo o las verduras no se percibe como una simple variación; supone una reducción en los recursos disponibles para transporte, medicinas, educación o alquiler.
Aunque el Banco de México puede ajustar la tasa de interés, no tiene la capacidad de mover las lluvias del centro-sur al norte, detener inundaciones o recuperar cosechas perdidas. La política monetaria tiene sus límites frente a ciertas presiones inflacionarias.
Por lo tanto, es fundamental que la inflación se analice desde una perspectiva más amplia, que incluya factores como el clima, la gestión del agua, las presas y las condiciones que afectan día a día a millones de familias, quienes no compran “inflación general”, sino kilos de alimentos cotidianos. En resumen, la inflación en México también tiene un claro vínculo con el clima.
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