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El Gobierno de México, que encabeza Claudia Sheinbaum, finalmente decidió sumarse al bloque de corrientes políticas progresistas que impulsan Pedro Sánchez, desde España, y Lula da Silva, desde Brasil. La que acaba de verificarse en Barcelona no es una alianza específicamente iberoamericana, ya que además de líderes de Portugal, Colombia, Uruguay y Chile, intervinieron allí Cyril Ramaphosa de Sudáfrica, el gobernador de Minnesota, Tim Waltz y hasta representantes de las izquierdas de los países bálticos.
La llamada Global Progressive Mobilization, que impulsó la pasada cumbre en Defensa de la Democracia, en Barcelona, rebasa la convocatoria del progresismo iberoamericano. De hecho, la alianza no buscaría tanto interactuar con foros con poca capacidad de cohesión en estos momentos, como los iberoamericanos o la Celac, sino avanzar desde la franja de los Brics o el Sur Global, sin descuidar la presencia de las izquierdas democráticas estadounidense y europeas. Tres conocidos opositores a Donald Trunp en Estados Unidos, Hillary Clinton, Bernie Sanders y Zohran Mamdani, enviaron mensajes a la cumbre.
La decisión de la presidenta Sheinbaum de sumarse a esas redes, aunque se le reste importancia en el discurso oficial de Morena y la 4T, sí podría marcar un giro diplomático relevante. La reticencia a una alianza con el polo progresista iberoamericano, por parte del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, fue evidente por tres razones: la relación tensa con el gobierno de Pedro Sánchez por la solicitud de perdón histórico por la conquista; la incomodidad de Amlo con las críticas a las autocracias bolivarianas, frecuentes en esos foros; y las fricciones que ese flanco geopolítico produce con Estados Unidos, especialmente luego del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2024.
La mayor prueba de aquella reticencia fue el retiro de López Obrador de la persuasión diplomática que armaron España, Brasil, Colombia y Chile, y sus gobiernos progresistas, a favor del reconocimiento del fraude electoral de Nicolás Maduro en 2024. En los últimos años del gobierno de Amlo y en el primero de Claudia, cada vez que el tema del progresismo iberoamericano era invocado en alguna conferencia matutina, en Palacio Nacional, ambos presidentes se las arreglaban para incluir dentro de esa corriente a las autocracias bolivarianas.
En la pasada cumbre de Barcelona no se incurrió en el equívoco y todas y todos los mandatarios allí presentes fueron líderes democráticamente electos. Aunque tuvo una orientación claramente anticonservadora, con alusiones bastante explícitas a Donald Trump, Viktor Orbán y los dirigentes de las nuevas derechas latinoamericanas, el foro progresista demandó un cambio democrático en Venezuela, basado en un nuevo proceso electoral, reiterando el posicionamiento de Sánchez, Lula, Sheinbaum, Petro, Orsi y Boric a principios de año, después de la acción armada de Estados Unidos en Caracas.
Los reiterados llamados a la paz y al respeto a la soberanía de las naciones estuvieron enfocados en las intervenciones militares de Israel en Gaza y Estados Unidos en Irán, pero no excluyeron la invasión de Rusia contra Ucrania. Tanto Pedro Sánchez como Antonio Costa, ex primer ministro de Portugal y actual presidente del Consejo Europeo, repitieron en Barcelona que la tendencia belicista y contraria al sistema multilateral no comenzó con el ataque de Israel a Gaza en 2023 sino el año anterior, con la invasión de Rusia a Ucrania. En Barcelona, Costa condenó el último ataque del ejército ruso en Odesa, el pasado 16 de abril.
El bloque progresista, al igual que el papa León XIV, tiene razón cuando denuncia que la erosión de las democracias avanza desde las nuevas potencias hegemónicas del planeta. La derrota de Orbán en Hungría sirvió de aliciente en la víspera de la reunión de Barcelona. Sin embargo, en los últimos años, el avance de las nuevas derechas en Bulgaria, Austria, Polonia y los Países Bajos es incontrovertible. La tesis reiterada por Sánchez de que la ola neoconservadora global ha llegado a su fin no deja de ser publicidad optimista.
Del lado latinoamericano se sostiene el argumento consolador de que Brasil, México y Colombia contienen más del 60% de la población regional. Sin embargo, esa evidencia no es suficiente para decidir en foros multilaterales como los iberoamericanos, los interamericanos o la Celac. La fórmula de esta cumbre, precisamente por apartarse deliberadamente de los enclaves regionales, puede funcionar, al menos por el momento.
Se dijo también en Barcelona que Cuba es un país soberano, que tiene derecho a autogobernarse y que las constantes amenazas de intervención y el cerco energético de la isla son inadmisibles, desde el derecho internacional. Lo que no se dijo es que la extrema vulnerabilidad a la que se ha llegado en Cuba, luego de la interrupción de los subsidios petroleros de Venezuela y México, es consecuencia de la adopción de un modelo improductivo y dependiente por parte del liderazgo de la isla.
La prensa oficial cubana y los medios que defienden el inmovilismo en la isla reconocieron, por supuesto, el rechazo de la cumbre progresista a la presión de Estados Unidos contra la isla, pero no el llamado al diálogo entre La Habana y Washington, que ha tenido lugar en los últimos meses. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel prefiere, mediáticamente, el escenario de una Cuba al borde de ser invadida por Estados Unidos al de una negociación difícil, en la que Estados Unidos ofrece cobertura energética a cambio de apertura económica y liberación de presos políticos.
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