En un giro inesperado de la política internacional y el deporte, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha emergido como un curioso actor en el escenario global, similar a la tónica impuesta por la administración de Donald Trump. Su reciente participación en la Cumbre de la Paz en Sharm el-Sheij, Egipto, lo posicionó como un embajador no oficial de Estados Unidos, con Trump anunciando una contribución de 75 millones de dólares por parte de la FIFA para la construcción de un estadio en Gaza. Esta iniciativa no solo busca promover el fútbol en la región, sino también estimular un renacimiento cultural en una área devastada por conflictos.
Sin embargo, este es solo un rostro de las complejidades geopolíticas que abrazan al fútbol. En un contexto de tensión creciente, la Federación Iraní de Fútbol ha denunciado que la FIFA revocó parte de su asignación de boletos para la fase de grupos, afectando al 8% de los asientos en los estadios donde jugará Irán. A pesar del poder supranacional que tiene la FIFA en sus decisiones, Infantino se ha desentendido, argumentando que el control fronterizo no interfiere con las políticas del fútbol.
Desde el día que comenzó la guerra en Irán, el 28 de febrero, existía la posibilidad de que se implementara un plan que reconfigurara la participación del equipo nacional en el Mundial. Sin embargo, Infantino optó por no tomar acciones que podrían haber facilitado la experiencia de los aficionados iraníes, quienes merecían un trato justo al ser parte de un evento que debería unir, en lugar de dividir.
El conflicto ha tenido efectos colaterales en la percepción pública de Trump en Estados Unidos, donde un 60% de la población ya rechaza su postura ante la guerra. La inflación, exacerbada por crisis externas, afecta directamente el panorama económico del país, mientras que el drama del estrecho de Ormuz sigue ocupando titulares e inquietando a los mercados globales.
En este escenario, es relevante notar que, a corto plazo, los beneficiarios claros de la guerra son líderes como Netanyahu, mientras que la población israelí podría no experimentar una victoria tangible en el fondo. Trump busca, para el 4 de julio, garantizar un estrecho de Ormuz funcional como parte de su estrategia electoral para las elecciones de medio término.
En este contexto de políticas desdibujadas y decisiones controvertidas, el papel de la FIFA como intermediario ha cobrado nueva vida. La elección de Infantino de sumar esfuerzos a esta empresa, conocida como “soft power” estadounidense, ha resultado en una subcontratación insólita, en la que el deporte se convierte en un vehículo político. Así, el fútbol, más que un simple espectáculo, se entrelaza con la narrativa global contemporánea, mostrando que las estrategias de poder van más allá del campo de juego.
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