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Llevo gran parte de mi vida profesional trabajando en el ámbito humanitario, guiado por una convicción profunda: acabar con el hambre es posible. Sin embargo, vivimos tiempos en los que abundan las respuestas simples para desafíos cada vez más complejos. Por eso, cuando me preguntan si podemos lograrlo, sé que no existe una explicación única ni una receta rápida.
Para avanzar hacia ese objetivo, primero debemos entender por qué millones de personas siguen sin poder alimentarse adecuadamente. Las nuevas cifras del informe de Naciones Unidas El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI 2026) que acaban de publicarse ofrecen algunas claves. Combinadas con la experiencia de Acción contra el Hambre, que lleva más de tres décadas trabajando junto a las comunidades más vulnerables, nos ayudan a entender cómo ha evolucionado este desafío en el siglo XXI, por qué afecta de manera tan desigual a distintas regiones y cuáles son las respuestas que exige.
Hay tres ideas especialmente relevantes. La primera, que el progreso es posible, pero no avanza al mismo ritmo en todas partes: mientras algunas regiones mejoran, otras siguen atrapadas en una sucesión de crisis. La segunda, que este problema debe abordarse mucho más allá de la respuesta humanitaria, porque también condiciona el desarrollo, la estabilidad y las oportunidades de millones de personas. Y la tercera, que el gran reto alimentario de nuestro tiempo ya no es solo quién pasa hambre, sino quién puede permitirse una alimentación saludable y nutritiva y el acceso a servicios esenciales.
Por qué unas regiones avanzan y otras retroceden
Hoy, 645 millones de personas pasan hambre en el mundo. Aunque la cifra es ligeramente inferior a la de años anteriores, lo que demuestra que el progreso es posible, seguimos lejos del compromiso de erradicar el hambre antes de 2030. De hecho, hay alrededor de 50 millones más de personas afectadas que cuando la comunidad internacional adoptó la Agenda 2030 en 2015.
La evolución es muy desigual entre regiones y ahí encontramos una de las claves para entender el problema. Mientras Asia y América Latina han logrado avances gracias al crecimiento económico, la inversión social y los sistemas de protección, otras zonas siguen atrapadas en una espiral de crisis.
África concentra ya, por primera vez, más personas con hambre que Asia: 309 millones. Una de cada cinco personas en el continente pasa hambre. Detrás de estas cifras hay conflictos prolongados, fenómenos climáticos extremos, desplazamientos forzados y economías incapaces de ofrecer oportunidades a millones de personas.
África concentra ya, por primera vez, más personas con hambre que Asia: 309 millones. Una de cada cinco personas en el continente pasa hambre
Lo vemos cada día en países donde trabajamos como Sudán, Gaza, Yemen o la República Democrática del Congo. La guerra destruye cosechas, mercados, infraestructuras y medios de vida. Por eso conviene desmontar una idea muy extendida: el problema no es la falta de alimentos. El planeta produce suficientes alimentos para toda su población. El verdadero problema es que millones de personas no pueden acceder a ellos. Hablar de hambre es hablar de pobreza, desigualdad, conflictos y crisis climática. Esa es la razón por la que algunas regiones avanzan mientras otras siguen retrocediendo.
Más allá de la emergencia humanitaria
Hay una segunda lección que conviene no perder de vista: el hambre no es únicamente una emergencia humanitaria. Es también un desafío de desarrollo, estabilidad económica y cohesión social.
Las sociedades que logran reducir el hambre son sociedades que generan más oportunidades, mejor educación, mayor productividad y economías más resilientes. Allí donde disminuye el hambre, aumentan las posibilidades de progreso. Allí donde crece, aumentan la vulnerabilidad, la pobreza y el riesgo de inestabilidad.
Por eso combatir el hambre no debería verse únicamente como una obligación moral, sino también como una inversión inteligente. Invertir en seguridad alimentaria, nutrición, agricultura sostenible o protección social contribuye a reducir desigualdades, fortalecer comunidades y generar prosperidad a largo plazo.
Esta reflexión resulta especialmente relevante en un momento en que la financiación internacional atraviesa una profunda crisis. En 2025, la ayuda humanitaria mundial registró la mayor caída de su historia (un 36% menos), precisamente cuando las necesidades alcanzan niveles récord. Cada euro que dejamos de invertir hoy en prevención, resiliencia o desarrollo acabaremos pagándolo mañana en forma de crisis humanitarias más profundas y costosas.
Las nuevas caras del hambre
Sin embargo, quizá el dato más revelador del informe no sea que 645 millones de personas pasan hambre. El dato que mejor refleja los desafíos alimentarios del presente y del futuro es otro: 2.690 millones de personas, una de cada tres en el mundo, no pueden permitirse una dieta saludable.
Esta cifra obliga a ampliar nuestra mirada. Millones de personas consiguen comer todos los días, pero no pueden alimentarse bien. Pueden llenar el plato, pero no incorporar suficientes frutas, verduras, proteínas o alimentos frescos. Las calorías siguen siendo relativamente accesibles. Los nutrientes, en cambio, se han convertido en un lujo para demasiadas familias.
Las consecuencias son visibles en todo el mundo. El hambre convive con la desnutrición, las carencias de micronutrientes y un aumento constante de la obesidad.
Hoy, 645 millones de personas pasan hambre en el mundo
Y no es una realidad lejana. También está presente en España. Más de uno de cada 10 hogares experimenta algún grado de inseguridad alimentaria. Cada vez más familias se ven obligadas a sustituir alimentos frescos por opciones más baratas y menos nutritivas. No es casualidad que la obesidad infantil afecte con mayor intensidad a los hogares con menos ingresos. La alimentación se ha convertido también en una cuestión de desigualdad.
Por eso la lucha contra el hambre del siglo XXI no puede limitarse a distribuir alimentos en una emergencia. Necesitamos fortalecer los sistemas alimentarios locales, apoyar a pequeños productores, invertir en nutrición, crear oportunidades económicas, reforzar la protección social, ayudar a las comunidades a adaptarse a los impactos del cambio climático y su acceso a servicios básicos esenciales (salud, agua y saneamiento).
Sabemos cómo hacerlo. Tenemos conocimiento, experiencia y evidencia suficiente para actuar. La verdadera pregunta ya no es si podemos acabar con el hambre. La cuestión es si estamos dispuestos a tomar las decisiones necesarias para hacerlo realidad. Porque el hambre no es inevitable. Es el resultado de nuestras prioridades y, precisamente por eso, también puede ser una elección colectiva ponerle fin.
Esta nota contiene información de varias fuentes en cooperación con dichos medios de comunicación.



























