En la cama del hospital, envuelta en una bata blanca, con su cabello ondulado surcando su cabeza, Isa hace frases cortas. Su hablar es pausado, aún está sofocada. Jala aire como si llevara media maratón a cuestas. Son pocas sus fuerzas y contiene el llanto. Apenas tiene 24 horas de regreso al hospital en donde estuvo durante mes y medio, 25 de esos días intubada tras llegar inconsciente como consecuencia del contagio de Covid-19.
Sus ojos son el reflejo de su tristeza y los cierra al hablar del horror de esos días en los que estuvo atrapada en su cuerpo. De 13 pacientes sólo ella sobrevivió. Sólo piensa recuperarse, acabar con las secuelas del virus que llegó desde China a nuestro país y en algún punto la contagió. Quiere salir adelante en su rehabilitación, volver a retomar su vida.
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Un día después de la visita que le hace El Sol de México en ese rincón del Hospital General de San Lorenzo Tepatitlán, en Toluca, Estado de México, suena el teléfono y una voz anuncia: Isabel acaba de morir.
Ella no es una cifra, no es el caso 108 mil 174 en México, es Isa, Chabela para sus amigas, la hermana de Ana y la hija, la tía y la sobrina de la familia Flores Zamora.
Después de estudiar la secundaria, hizo la carrera técnica de paramédico. No trabajaba en ello, no ejercía, pero sus vecinos sabían que hacía curaciones o aplicaba inyecciones o sueros.
Ella contó a su familia que fue ahí como se contagió de Covid-19, un vecino le pidió en julio aplicarle una medicina inyectada, sólo que el señor de más de 70 años no portaba cubrebocas y su tos era constante. A los pocos días ella inició con los primeros síntomas.
Al llegar el décimo día, guardando la sana distancia y con los síntomas a cuestas, empezó a sentir que le faltaba aire, la tos era constante, el dolor de cabeza intenso y con fiebre elevada. No recuerda cómo ocurrió. Ana, su hermana, le contó tiempo después que la encontró inconsciente y la llevó de inmediato al hospital.
El diagnóstico médico fue que tenía 30 por ciento de oxigenación, sus niveles estaban saturados y su pronóstico era de una muerte inminente: “no le queda un día más de vida. No pasa de esta noche”.
Transcurrieron los días y poco a poco los médicos retiraron los sedantes, pero no los tubos que le ayudaban a respirar. “Es un proceso horrible (toma aire y cierra los ojos) saber que tienes un tubo en la garganta para respirar, sin saber si la vas a librar o no. Escuchar las alarmas de las bombas. Ver a otros pacientes morir. Saber que de 13 (pacientes) que entraron tu eres la única que viviste”.
Isa contiene el llanto, calla sus lágrimas al jalar el aire del ambiente, mientras en las camas cercanas otros pacientes enfrentan su propio dolor. La mujer que está a su costado derecho no encuentra más cómo colocarse, está inquieta y toma diferentes posiciones hasta que una enfermera se acerca a ayudarle.
Isa habla de esa experiencia de 25 días intubada, parte de ellos consciente. “Es traumático. No poderte mover, no poder levantar la cabeza, ni un dedo. Estar atrapada en tu cuerpo, ¡por semanas! Es horrible y todavía hoy tener las secuelas… como ahorita de no poder respirar, sofocarte con sólo levantarte de la cama. Muchos te dicen que es para siempre, que ya no tiene solución”.
En esos días de hospital cuenta que le tocó ver de cerca no sólo la muerte sino la transformación de otros pacientes, “porque Covid mata el tejido, lo atrofia, provoca males neurológicos, psicomotrices. Muchos pacientes se deforman. Las extremidades se deforman. Vi pacientes con las piernas abiertas y los brazos volteados. Las caras se les va de lado. Han quedado con la mitad de los pulmones, los pulmones muertos. No inservibles, muertos. Incluso se sabe que daña el cerebro y el corazón”, diagnostica.
En dos meses en casa, Isabel de Jesús Flores Zamora enfrentó las consecuencias del daño provocado por el virus de la pandemia, además de no poder respirar bien tuvo afectaciones psicomotrices de manera que tuvo que aprender a controlar de nuevo su cuerpo. Peinarse se convirtió en una hazaña, tomar una cuchara o tenedor para comer, un movimiento digno del mayor de los galardones.
En esa etapa mantiene la oxigenación y algunos medicamentos, además de continuar con la rehabilitación, Isa vuelve a complicar su situación con la presencia de flemas que se le atrapan en el pecho. Eso y el cansancio constante hacen a sus médicos pedirle a la familia Flores que Isa deba ser nuevamente hospitalizada.
El lunes 1 de noviembre regresa con la esperanza de que su terapista la ayude a superar esta situación discapacitante. En su cama accede a contar su experiencia.
Mientras de su mano derecha cuelgan las mangueras del suero, en su dedo índice de la mano izquierda lleva pegado el oxímetro. Toma de uno de sus costados un poco de papel higiénico para limpiar el dolor que recorre su rostro en forma de lágrimas.
“Hice todo lo posible por cuidarme, pero por gente irresponsable me contagié. Espero que no pasen nunca por esto. Es una experiencia devastadora. Sólo pido que tomen conciencia. Los que dicen que no existe el virus no saben lo que dicen”.
Su mayor temor es enfrentar ese momento en el que alguna flema quede atrapada en su pecho. “La asfixia es traumática, yo creo que debe ser la muerte más horrible, el sofoco, la asfixia. Controlar la respiración para no ahogarme”.
Esa es una de las primeras enseñanzas en su terapia de rehabilitación, poderse controlar para no agravar la situación. “Se dice en corto, pero es vital”.
Toma tiempo para agradecer a los médicos, enfermeras y camilleros que la han atendido, que se han puesto en el lugar de su familia mientras ella ha enfrentado la hospitalización.
A sus vecinos del Fraccionamiento La Florida les pide tomar conciencia, porque “andan como en carnaval, los casos de Covid son tratados como tabú, los niegan y nadie cree que exista. Es poco el distanciamiento, les vale sombrilla. No hay nadie quién les diga que ya hubo casos, decesos y proliferación de contagios. Ahí fue donde me contagié”.
Con información de Roberto Hernández
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