La política industrial ha vuelto a cobrar relevancia en el ámbito global, especialmente después de décadas de predominio del neoliberalismo. Funcionarios y expertos de Occidente han reexaminado el papel del Estado en el desarrollo económico, con incluso el Banco Mundial reconociendo que sus antiguas recomendaciones son tan útiles como un disquete. Se invita a todos los países a incorporar la política industrial como una herramienta esencial en su gestión pública.
Sin embargo, este giro hacia la política industrial no es tan simple como podría parecer. Vivimos en un contexto marcado por disrupciones múltiples y simultáneas: la inteligencia artificial avanza a pasos agigantados, la desglobalización desafía el comercio tradicional, y las crisis climáticas y geopolíticas crean un entorno de incertidumbre. En este escenario, los gobiernos enfrentan el complejo desafío de identificar en qué industrias invertir.
El manual que guiaba a los países industrializados en el siglo XX era claro: construir infraestructuras, atraer manufactura, y exportar. Hoy, la realidad es mucho más complicada. La innovación disruptiva es inherentemente impredecible; cuando las naciones finalmente reconocen qué tecnologías son cruciales, puede que ya sea demasiado tarde para participar eficazmente en esas áreas.
Elegir ganadores en este nuevo contexto es aún más dificultoso en las economías avanzadas. Las políticas gubernamentales, además de buscar competitividad, ahora incorporan cuestiones de seguridad nacional, lo que lleva a que prácticamente todo pueda ser considerado “estratégico”. Desde semiconductores hasta productos farmacéuticos, el espectro de lo que se considera crítico es amplio.
La cuestión no radica en si los gobiernos deben intervenir; la pregunta más pertinente es: ¿qué pueden hacer cuando no tienen certezas sobre lo que funcionará? Una respuesta emergente es la necesidad de “adaptarse y experimentar”. Sin embargo, esto plantea la cuestión de cómo exactamente pueden hacerlo los gobiernos para facilitar esta adaptabilidad.
En su análisis, se introduce el concepto de “improvisación dirigida”, una estrategia que evita dictar resultados predeterminados. En lugar de ello, los gobiernos actuarían como directores de obras de teatro improvisadas, creando un ambiente donde surjan ideas innovadoras desde la base. Esto requeriría un replanteamiento del rol gubernamental, pasando de un enfoque de control a uno de influencia.
Una propuesta fundamental es la “comunicación de políticas adaptativa”. En este modelo, ante nuevos desafíos, los gobiernos pueden emitir señales ambiguas que no favorezcan ni restrinjan actividades, lo que permite un espacio para la experimentación. Aquellos enfoques que demuestran ser eficaces recibirían apoyo explícito, mientras se delimitan los riesgos intolerables.
A través de un reciente estudio, se rebaten los mitos sobre la política industrial de países como China, donde la intervención estatal no ha sido una mera imposición, sino una adaptación inteligente a las realidades del mercado. Por ejemplo, el auge del comercio electrónico en China, que hoy representa alrededor del 50% de las ventas globales, no surgió de una planificación centralizada, sino más bien de una respuesta gubernamental ágil a un fenómeno que ya estaba en marcha.
Este proceso lleva a la reflexión sobre el papel de otros países. En un contexto de incertidumbre, la prioridad no radica en elegir ganadores de antemano, sino en descubrirlos, proporcionando un marco que fomente la innovación. Este enfoque es esencial en sectores emergentes, como la industria creativa en África, donde los emprendedores enfrentan retos significativos para escalar sus operaciones debido a la falta de apoyo.
Así, en el siglo XXI, la incertidumbre se convierte en un hecho normal al que los gobiernos deben aprender a adaptarse. Más que simplemente rechazar el neoliberalismo, es necesario adoptar un nuevo marco mental que promueva una economía política adaptativa, inclusiva y moral. Este nuevo paradigma se basa en el reconocimiento de que las respuestas claras y predefinidas son cada vez más escasas, y que el papel del gobierno debe centrarse en facilitar la innovación y el descubrimiento en un entorno cambiante.
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