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La negociación entre el régimen cubano y la Administración Trump ha llegado tras uno de los mayores momentos de presión de Estados Unidos contra la isla, en una historia de décadas de desencuentros, bloqueos, sabotajes y algún acercamiento puntual entre dos vecinos separados por un hilo de agua, que se miran al uno al otro como en el espejo de Blancanieves: para reafirmarse en su impresión de que, reflejado en el otro, el uno es informacion.center más guapo.
Hace doce años, el presidente demócrata Barack Obama dio un vuelco a los lazos entre los dos enemigos al anunciar en Washington, en paralelo con Raúl Castro en La Habana, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la isla. Un paso que fue impensable durante décadas y que puso fin a más de medio siglo de distanciamiento entre Washington y un país a solo 150 kilómetros de sus costas, pero con el que estuvo a punto de entrar en una guerra nuclear y contra el que mantiene un embargo económico desde entonces.
Hasta ahora, aquel chispazo de acercamiento —solo duró tres años, hasta que la llegada de Trump al poder le puso fin— había sido el momento más dulce, quizá el único, entre dos sistemas opuestos, que se detestan con esa hostilidad y desconfianza solo posible en las relaciones que un día fueron muy íntimas y muy apasionadas: más de 2,5 millones de personas de origen cubano viven en Estados Unidos, frente a los 10 millones que habitan la isla; detalles como las marcas de los vehículos vintage que circulan en Cuba o el amor nacional al béisbol son vestigios de la fortísima influencia que Estados Unidos ejerció en su vecino hasta la llegada del castrismo.
Tras la llegada al poder en 1959 de Fidel Castro, que depuso a la dictadura respaldada por Washington del general Fulgencio Batista, las tensiones escalaron con rapidez. Ante la nacionalización de propiedades y la imposición de aranceles a bienes estadounidenses, la Casa Blanca respondió con un embargo comercial casi total. Mientras se suspendían los vuelos entre los dos países y comenzaba el primer éxodo de exiliados -entre 1959 y 1962 salieron casi 250.000 cubanos, de los que la inmensa mayoría se asentaron en Florida- las relaciones diplomáticas saltaban por los aires en enero de 1961.
La catástrofe de la Bahía de Cochinos
Apenas cuatro meses más tarde llegaba la invasión estadounidense en la Bahía de Cochinos, uno de los mayores fracasos en la política exterior de Washington durante la Guerra Fría: 1.500 exiliados cubanos desembarcaron para ser inmediatamente repelidos. Cerca de 1.200 fueron hechos prisioneros.
La crisis de los misiles en 1962 —el momento de mayor peligro de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética en sus décadas de rivalidad— terminó de transformar las tensiones entre Washington y La Habana en hostilidad abierta y empujó a Cuba definitivamente hacia la órbita soviética.
A lo largo de las décadas siguientes, esa hostilidad mutua sería la característica principal en una relación donde las oleadas periódicas de migración desde la isla a Florida —los “marielitos” de los años ochenta, los “balseros” de los noventa— discurrían paralelas a los complots, el espionaje mutuo y las operaciones encubiertas.
Un primer, tibio, acercamiento diplomático llegó durante el mandato de Jimmy Carter (1977-1981): ambos países abrieron secciones de intereses en Washington y La Habana, respectivamente. Pero la ventana volvió a cerrarse casi de inmediato: durante la era de Ronald Reagan (1981-1989), el establecimiento de Radio Televisión Martí, respaldada por el Gobierno estadounidense para retransmitir hacia la isla precipitó el portazo cubano.
La caída de la antigua URSS privó a Cuba de su gran protector y sumió a la isla en una profunda crisis económica. Lejos de tender puentes, Estados Unidos incrementó su presión para tratar de forzar un cambio de régimen con sus sanciones. En los años noventa, una serie de leyes —la Helms-Burton de 1996 convertía el embargo en obligación oficial, cuyo levantamiento quedaba en manos del Congreso— trataba de forzar reformas democráticas, un paso que el Partido Comunista de Cuba nunca ha estado dispuesto a adoptar. En sus años más bajos, La Habana encontró un aliado repentino: la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que proporcionó el apoyo económico y de petróleo que le había recortado Moscú.
El paso más drástico en la dirección del cambio llegó en 2014, con el anuncio de Obama y Raúl Castro tras unas negociaciones secretas en Canadá bajo la discreta mediación del Vaticano que dieron como resultado un intercambio de prisioneros.
Reformas económicas
Un aperitivo ya había llegado durante el primer mandato del demócrata, que aprobó medidas para facilitar los viajes de familiares y expertos a la isla y para el envío de remesas. Por su parte, Cuba había venido aprobando desde 2011 una serie de tímidas reformas económicas, que permitían la compraventa privada de viviendas y automóviles y facilitaban el empleo autónomo.
En 2015 las embajadas respectivas reabrieron, y los viajes y las remesas fluyeron con más facilidad. En Cuba se abrió una oleada de turismo e inversiones, espoleadas por los acuerdos firmados por gigantes estadounidenses como Google o AT&T. Obama también suavizó la política estadounidense hacia la isla. Retiró al régimen castrista de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Permitió que los cruceros estadounidenses atracaran en Cuba; que más aerolíneas estadounidenses volaran allí, y que más estadounidenses la visitaran.
En 2016, Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar La Habana en casi un siglo. “Se ha acabado la guerra fría”, proclamaba el demócrata al anunciar el comienzo de una nueva era de deshielo y aproximación.
El alcance de esa primavera de La Habana fue limitado: la ley Helms-Burton obliga a mantener en pie el embargo. Apenas pasaron dos años y medio antes de que la nueva era quedara erradicada de cuajo. El sucesor de Obama, Donald Trump, canceló casi de inmediato la mayor parte de las iniciativas del demócrata. Cuba volvía a la lista del Departamento de Estado de países patrocinadores del terrorismo.
Durante sus cuatro años en el poder, entre 2021 y 2025, la Administración de Joe Biden implantó algunos ajustes limitados de carácter humanitario, incluida la relajación de algunas de las restricciones a los envíos de remesas familiares y el restablecimiento de algunos servicios consulares. Pero la tendencia general al distanciamiento se mantuvo intacta.
En su ocaso, apenas días antes del traspaso de poderes el pasado 20 de enero y tras un intercambio de prisioneros, el Gobierno de Joe Biden anunció la retirada de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo, algo que abría una vía a nuevas inversiones de empresas estadounidenses en la isla. Pero ya desde antes de su regreso al poder, la Administración de Donald Trump dejaba claro que cancelaría incluso esos pasos apenas volviera a entrar en la Casa Blanca. Así lo sentenciaba en su audiencia de confirmación, en enero de 2025, el secretario de Estado, Marco Rubio, que alegaba “cero dudas” de que La Habana fuera patrocinador del terrorismo.
La selección de Rubio al frente de la diplomacia estadounidense ya representaba un indicio de por dónde iba a encaminarse el nuevo gobierno estadounidense. El hasta entonces senador por Florida es hijo de inmigrantes cubanos y se ha criado en los círculos más recalcitrantes del anticastrismo en Miami. La caída del régimen en la isla de su origen familiar —y donde el Gobierno en La Habana le recordaba, antes de reconocer la existencia de negociaciones, que nunca ha puesto el pie— ha sido siempre el gran objetivo de su vida política.
Ocurrió tal y como había anunciado Rubio: inmediatamente después de su investidura, la flamante Administración Trump volvía a incluir a la isla entre los Estados patrocinadores del terrorismo. Su argumento era que La Habana daba cobijo a una decena de antiguos guerrilleros colombianos.
Tras una orden presidencial en julio, Estados Unidos intensificó el cumplimiento de la prohibición de viaje hacia la isla, lo que ha debilitado aún más el sector turístico cubano. En una proclamación en junio anunciaba restricciones para la entrada de nacionales de Cuba y otros países. La Administración Trump también ha eliminado las protecciones temporales legales a los solicitantes de asilo llegados de la isla, como los programas de parole humanitaria aplicados por el Gobierno Biden, lo que ha puesto a cerca de 300.000 cubanos en riesgo de deportación.
Pero la mayor presión aún estaba por venir: después de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero en Venezuela, Trump aseguraba que al régimen en Cuba le quedaba “poco tiempo” y caería por su propio peso al haberse quedado sin el petróleo que le enviaba el régimen chavista. Y se aseguraba de que La Habana no recibiría crudo de fuentes alternativas: el 29 de enero anunciaba la imposición de aranceles para aquellos países que proporcionasen energía a la isla. Al mismo tiempo, su Administración abría, como había hecho la de Obama, conversaciones secretas con el castrismo.
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