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Deslumbrados por creaciones tan sofisticadas como los sándwiches de patatas fritas, olvidamos que donde más se ha excedido la imaginación culinaria de los británicos es en la confitería. Ante todo, en unos chocolates que no buscan ningunas paparruchas de complejidad o delicadeza, sino ofrecer una descarga de azúcar capaz de calmar cualquier ansia. Quizá sea lo propio de una tierra donde se han inventado obras maestras de la hiperglucemia como el pudin de toffee pegajoso —sic—, y donde los dientes cariados por el azúcar llegaron a ser atributo aristocrático. Todavía hoy, el mostrador junto a la caja de cualquier gasolinera es testimonio de este ingenio: chocolatinas de origen británico como Mars (1932), Maltesers (1936), Smarties y Kit Kat (ambas de 1937) llevan toda la vida haciéndonos caer. Y si nos vamos a estándares de la Inglaterra profunda hay que irse todavía más atrás: el Dairy milk de Cadbury es de 1905, por ejemplo, y la primera chocolatina de todas, la Fry’s chocolate cream, de 1866. No olvidemos los bombones: las rosas de Cadbury o la caja surtida de Quality Street harían llevarse las manos a la cabeza a Pierre Marcolini, pero elevan en los corazones, más allá del Canal de la Mancha, nostalgias de vuelta a casa por Navidad.
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