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Un niño que es obligado a disparar una escopeta; una profesora de Historia que abusa de una alumna en una escuela rural durante el pinochetismo; una violación en la que nadie hace nada para evitarla; jóvenes precarizados en una cadena de pizza chatarra que intentan hacer justicia por sus manos. Estos son algunos de los cuentos de Telepunga, el nuevo libro de la escritora y periodista chilena Arelis Uribe (Santiago, 1987), que ha editado recientemente Penguin Random House para la colección Yegua de Troya, con la también escritora y periodista peruana Gabriela Wiener como editora invitada. Una colección sobre la que Wiener escribe: “Para componer el catálogo hípico 2025-2026, las portadas de color marrón, nos regodeamos en escrituras sudakas, vidas de malinches, memorias bastardas, fronteras rotas, amores en los conos y en la diáspora, porque toda apuesta artística debe ser también una apuesta política. Y es esta una apuesta por las desterradas, por la incomodidad de sus cuerpos y la impureza de sus voces, porque no hay nada más contaminable que la literatura”.
Pregunta. Los relatos de Telepunga están atravesados por distintas dimensiones de violencia estructural, las desigualdades de clase, las discriminaciones de género, las relaciones de poder entre los niños o los jóvenes y los adultos, las heridas de los migrantes… ¿Por qué te interesaba hablar de estas violencias?
Respuesta. Escribo de mis obsesiones, la violencia es una obsesión porque la he sufrido y la he ejercido. Hilo cuentos con temáticas relacionadas con los vectores de opresión como denuncia y catarsis, porque muchas de esas historias las oí, las atestigüé o me sucedieron. Es un llamado de atención, un grito que dice: Oye, a las mujeres las violan en manada y los machitos guardan silencio cómplice.
P. El libro podría considerarse una suerte de continuación de tu anterior, Quiltras (2016), pero con relatos mucho más oscuros. ¿Este vínculo entre ambos fue deliberado?
R. El vínculo es accidental. Hace doce años, cuando comencé en la ficción, escribí un montón. La mitad de esos relatos se compendiaron en Quiltras, bajo el tópico común de chicas-proletas-morochas-lesbianas. El resto quedó inédito por inconcluso o porque era tan oscuro que no me atrevía a mostrarlo. Una década después me sentí con la experiencia para abordar la crueldad de esos cuentos.
P. Además, Telepunga se lee ahora en un contexto político más oscuro en Chile, con el gobierno de extrema derecha de José Antonio Kast…
R. Estos cuentos se escribieron en la época de Piñera y ven la luz con Kast. Me considero de izquierda, aunque más ácrata, tengo el corazón rojinegro. Soy una decepcionada de la política institucional. La encuentro tibia. El modelo capitalista no se toca, solo se administra. La clase dirigente usa al Estado para enriquecerse, independientemente de su color político. Que el presidente gane un sueldo mínimo al día es insultante para el 70% de los chilenos que gana ese monto en un mes. Gobiernan con el estómago demasiado lleno.
P. Como también sucedía en Quiltras, el libro recuerda mucho al estilo o a la estética de Pedro Lemebel, sobre todo, en el uso de la oralidad chilena y el lenguaje popular en la escritura. ¿Esta referencia fue consciente?
R. Me honra cuando comparan mi literatura con la de Pedro Lemebel. Claro que ha sido una inspiración, junto con Violeta Parra o Gabriela Mistral. La similitud con Lemebel nace porque hablamos lengua punga. A Kiko Amat le leí este consejo: escribe como hablas. El resultado es un estilo que homenajea la potencia poética del chileno vernácula.
P. Los relatos cuentan historias íntimas de los personajes, partes de su vida, para ir mucho más allá y hablar de algo colectivo o universal, de esas grietas que atraviesan a todo un país o al universo completo…
R. Alguien dijo por ahí que Quiltras es la fractura y Telepunga el abismo. Temas que en el primero se insinúan, en el segundo aparecen explícitos. Del feminismo aprendí que lo personal es político, que a cada persona la atraviesan los vectores de opresión. Al contar la historia de una madre soltera que hace malabares para subsistir, a la larga describo la historia universal de las mujeres chilenas, de esas quiltras que crían solas, porque los hombres huyen, abandonan.
P. Esa precariedad y esa violencia hacia las mujeres es un tema que recorre el libro. ¿Crees que la pobreza es una cuestión femenina?
R. Claro, recién me refería a eso. En Ser niño huacho en la historia de Chile, Gabriel Salazar describe cómo la historia del pueblo chileno está atravesada por el hombre que viola o embaraza para desaparecer y cómo las mujeres se quedan criando solas. La Fundación Sol habla de la “feminización de la pobreza”, producto de los miles de hogares liderados por madres solteras. De eso trata el relato “Trenes”, en Telepunga. Es algo que yo viví de niña.
P. El movimiento feminista en Chile tiene una larga trayectoria. Desde las luchas por los derechos políticos entre principios y mediados del siglo XX, la resistencia durante la dictadura de Pinochet en la década de los 80 a la actual “marea feminista” iniciada en 2018 con “el Mayo feminista”. ¿Cómo has vivido esta evolución? ¿Crees que hay esperanza?
R. Me encanta su pregunta. Claro que hay esperanza. En “Trenes”, ese cuento que acabo de citar, la precariedad de esa madre sola se compensa con una red de afectos femeninos. Hay una hermana, una vecina, una hija que la ayudan, que la sostienen. En un mundo patriarcal solo la sororidad puede salvarnos. En tiempos tan crueles, los cuidados y la ternura son la esperanza.
P. El último cuento, que es el que da título al libro, se trata de un relato con un punto más luminoso o esperanzador. ¿De dónde nace este relato?
R. Telepunga es un juego de palabras entre “Telepizza”, esa cadena de pizza chatarra; y “punga”, palabra de la jerga chilena que refiere a la clase trabajadora o a algo precario. A los 18 años trabajé en un Telepizza de mi barrio. Con mis colegas le decíamos “Telepunga” para insultar al patrón y porque nos sabíamos precarizados. Cuando encontré el manuscrito del cuento, que había olvidado, la palabra estaba allí y me encantó. Además, el relato es jocoso. Dejé este cuento al final para que después de leer tanta tragedia, la gente se fuera feliz tras leer comedia.
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