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En El Mago y el Profeta, Charles Mann argumenta que la historia del progreso es un pulso entre dos clases de personas: el mago, que cree que todos los problemas se pueden resolver con tecnología, y el profeta, que advierte que el planeta tiene límites y que ignorarlos nos destruirá. Mann observa que los dos son necesarios para la prosperidad de la especie: sin magos nunca habríamos crecido tan por encima de nuestras posibilidades, y sin profetas nos habríamos extinguido ya. Pero hay un tercer actor que no considera y que, sin embargo, hoy se ha elevado sobre los demás. El que sin ser mago ni profeta se hace pasar por ambos para construir un relato capaz de convencer a las masas, gobiernos y mercados de que le entregue los recursos y le permita acumular poder. Durante el juicio de Elon Musk contra Sam Altman hemos visto lo que esos buscavidas hacen con los magos. Cómo crearon OpenAI “por miedo a Demis Hassabis” y convencieron a Ilya Sutskever para trabajar en un proyecto que siempre fue lo opuesto a lo que decía ser.
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