Una imagen viral de un camión militar ruso, pintado con un diseño de rayas negras y blancas similar al pelaje de una cebra, ha reavivado un debate centenario sobre la guerra, la percepción y la tecnología. Este fenómeno no es nuevo; en efecto, muchas de las técnicas utilizadas actualmente en el campo de batalla ya fueron empleadas durante la Primera Guerra Mundial, específicamente en los buques británicos y franceses, según el análisis de un experto en el tema.
El camuflaje conocido como dazzle, concebido en 1917 por Norman Wilkinson, buscaba distorsionar la percepción del movimiento de los buques para confundir a los submarinos adversarios. Al adoptar patrones disruptivos, no se pretendía ocultar el barco, sino dificultar que los atacantes calcularan su ruta y velocidad. Esto reveló que los buques con este tipo de camuflaje, a pesar de ser atacados con mayor frecuencia, resultaban menos hundidos que aquellos que carecían de camuflaje.
Hoy, esta lógica de distorsión visual ha vuelto a aparecer en el teatro de operaciones en Europa del Este. Drones ucranianos, guiados por inteligencia artificial, están cambiando la forma en que se identifican y atacan los objetivos. Aunque la tecnología actual permite la detección mediante radares y cámaras de alta resolución, la inteligencia artificial, en muchos casos, asume el control de esta identificación.
Expertos internacionales han señalado que los patrones de pintura disruptiva pueden confundir esos sistemas de visión computacional, especialmente si no han sido entrenados con imágenes que reflejen estos diseños. Este aspecto resuena en casos como el de los bombarderos rusos que fueron cubiertos con neumáticos en una base aérea de 2023. Se ha debatido si esta acción fue un intento por ocultar los aviones o, más bien, una estrategia destinada a dificultar el reconocimiento por parte de drones enemigos.
El ciclo de medidas y contramedidas en la guerra se ha vuelto evidente. A medida que los algoritmos de reconocimiento y los sistemas de detección avanzan, las estrategias para eludirlos también progresan. Desde el ámbito militar hasta la vida civil, se observa un creciente interés por prendas diseñadas para evadir el reconocimiento facial, un fenómeno que demuestra que la guerra entre algoritmos ya está en marcha.
Pese a las innovaciones, es crucial recordar que el camuflaje tiene un efecto temporal. Los sistemas pueden ser reentrenados y los patrones de pintura pueden cambiar, perpetuando un ciclo que sigue activo. Sin embargo, la rapidez con la que estos patrones se adaptan sigue siendo cuestionada, dado que otras tecnologías, como los sensores térmicos, también limitan el impacto que estas medidas pueden tener en la detección.
En última instancia, surge una pregunta inquietante: ¿qué significa delegar la decisión de atacar a una máquina? Esta discusión cobra relevancia cada vez mayor en el contexto actual de la guerra moderna, donde las decisiones críticas pueden estar siendo tomadas por algoritmos, dejando a los humanos en un papel secundario en un escenario de conflicto.
A lo largo de la historia, la lógica de la guerra ha permanecido inalterada, mientras que las herramientas han evolucionado. Hace un siglo, un rey se equivocó al mirar el rumbo de un barco camuflado; hoy, un algoritmo militar puede no ser capaz de reconocer una cebra de dieciséis toneladas en el campo de batalla del Donbás. A medida que las tecnologías avanzan, el enfrentamiento entre métodos tradicionales y modernos parece estar lejos de su finalización.
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