En el vertiginoso mundo de la política mexicana, un viejo refrán del boxeo resuena con fuerza: “Con el campeón hasta que pierda”. Este lema ha encontrado eco entre muchos priistas de toda la vida, quienes, sorprendidos, han redescubierto su afinidad por los colores de Morena. Mientras el antiguo PRI se mantiene al margen, una serie de figuras prominentes han decidido que la lealtad al partido es un concepto flexible y adaptativo.
Un caso emblemático es el de Diego Rivera Navarro, exalcalde de Tequila, un expriista que, a pesar de cambiar de partido, no ha abandonado las prácticas cuestionables. Su nivel de corrupción lo llevó a cruzar límites que ya resultaban insostenibles. Este fenómeno plantea la inquietante pregunta: ¿cuántos más habrán de seguir sus pasos?
Adán Augusto López Hernández es otro que ha transitado del viejo sistema al nuevo. Su ascenso resalta una característica notoria de la política nacional: el pasado se torna irrelevante siempre que no entorpezca el camino hacia el poder. Omar Fayad, tras gobernar Hidalgo, hizo su maleta para representarnos en Noruega, un ejemplo claro de cómo la globalización también se extiende a las convicciones políticas.
Alejandro Murat, gobernador de Oaxaca, optó por alinear su barco con el partido emergente. A lo largo de su carrera, la supervivencia política ha dependido de la habilidad de cambiar de aires. Alejandra del Moral, que buscó el respaldo del PRI, rápidamente se percató de que su futuro podría encontrarse al otro lado de la boleta electoral, una revelación que le otorgó un nuevo rumbo.
En el ámbito diplomático, Quirino Ordaz Coppel, exgobernador de Sinaloa, ha asumido el cargo de embajador en España, mientras que Claudia Pavlovich, de gobernadora a cónsul, muestra cómo la geografía cambia, pero la vocación de servicio se adapta. Cada caso es un ladrillo más en la construcción de un panorama donde el cambio de siglas parece ser la norma.
Manuel Bartlett, personaje que ha pasado de ser secretario de Gobernación y gobernante del PRI a ferviente defensor del nuevo régimen, ejemplifica cómo el tiempo y las oportunidades pueden cambiar la alineación de muchos políticos. Muchos han recorrido un camino similar: David Monreal en Zacatecas, Américo Villarreal en Tamaulipas y Julio Menchaca en Hidalgo, todos ellos han transitado del PRI a Morena, reafirmando que la lealtad en política es efímera, dependiente de lo que cada uno prevea como la mejor oportunidad.
Lo que se observa es que la migración de estos actores del Partido Revolucionario Institucional a Morena no es una anécdota aislada, sino una tendencia generalizada, un reciclaje del antiguo aparato en un nuevo envase. La moraleja de este fenómeno es clara: en México no se trata de un cambio de ideologías, sino de una actualización práctica de intereses.
Durante décadas, el PRI fue el inquebrantable monarca de la política mexicana; hoy, esa corona la ostenta Morena. Las figuras del pasado, pragmáticas y audaces, obedecen a una regla básica del político profesional: lo que importa no es el color del uniforme, sino el estadio lleno. Al final, más que traiciones, lo que se observa es una coreografía ensayada, donde el viejo régimen se recicla en su nuevo disfraz, actuando con la naturalidad de alguien que simplemente cambia de oficina, pero conserva su escritorio.
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