La quetiapina, un antipsicótico que originalmente se diseñó para tratar condiciones psiquiátricas severas, ha encontrado un lugar inesperado en la vida de muchas personas que buscan mejorar su calidad del sueño. En un fenómeno alarmante, cada vez más pacientes recurren a este fármaco como si fuera un simple somnífero. Sin embargo, el uso de la quetiapina para el insomnio plantea serias preguntas sobre la práctica médica contemporánea y la comprensión del tratamiento de trastornos del sueño.
La historia de la quetiapina comienza con la introducción de la clorpromazina, la primera molécula antipsicótica, que fue descubierta accidentalmente a finales de la década de 1940. Mientras la farmacéutica Rhône-Poulenc investigaba antihistamínicos, los efectos sedantes de este compuesto llevaron al cirujano francés Henri Laborit a utilizarlo en pacientes quirúrgicos. Pronto, este fármaco se convirtió en una herramienta fundamental en la psiquiatría.
En 1952, Laborit observó cómo la clorpromazina hacía que sus pacientes estuvieran serenos y desapegados, lo que despertó el interés de psiquiatras como Jean Delay y Pierre Deniker. La clorpromazina fue aprobada por la FDA en 1954 y, junto con otros antipsicóticos como el haloperidol, se convirtió en un estándar para el tratamiento de psicosis. Estos fármacos, sin embargo, no solo moderaban los síntomas, sino que también a menudo reducían la actividad mental y conductual, lo que planteó críticas a su uso, considerándolos “camisas de fuerza químicas”.
Con la llegada de la quetiapina, anunciada por sus efectos sedantes, los médicos comenzaron a prescribirla para el insomnio. Sin embargo, la evidencia no respalda esta práctica. Estudios han mostrado que no hay una base científica sólida que justifique su uso como tratamiento para el insomnio. Un estudio limitado en Tailandia con trece pacientes no reveló beneficios significativos, planteando dudas sobre su efectividad en este contexto.
La naturalización de la quetiapina como somnífero genera preocupación, especialmente considerando que puede aumentar el riesgo de mortalidad en adultos mayores. La idea de un “mal menor”, en el contexto de la dependencia a las benzodiacepinas, ha llevado a médicos a optar por alternativas farmacológicas sin la debida evidencia.
A pesar de los riesgos implicados, la tendencia ha prevalecido. Aproximadamente el 40% de los pacientes que acuden a consultas de salud mental están utilizando quetiapina para dormir. Este fenómeno no se limita a los adultos mayores, sino que involucra a diversos grupos que experimentan insomnio.
En 2024, se aprobó en Estados Unidos un nuevo antipsicótico que actúa sobre los receptores muscarínicos de la acetilcolina, marcando un cambio en el enfoque de estos tratamientos. Sin embargo, su alto costo y la falta de acceso en países como México limitan su disponibilidad para quienes más lo necesitan.
El tratamiento de la psicosis y el insomnio ha evolucionado, y la nueva investigación en medicina integrativa sugiere que problemas como la inflamación y el estrés oxidativo podrían estar más involucrados en estos trastornos de lo que se pensaba. Herramientas como el cannabidiol, ácidos grasos omega-3 y antioxidantes están empezando a mostrar resultados prometedores, aunque aún se encuentran en etapas preliminares.
La conclusión es clara: sedar no es sanar. Silenciar un síntoma no es equivalente a abordar la causa subyacente del problema. A medida que la práctica médica avanza, es crucial cuestionar los hábitos establecidos y priorizar un enfoque más holístico y fundamentado en evidencia en el tratamiento de trastornos del sueño y psicosis. La búsqueda de soluciones adecuadas no debe ser una cuestión de seguir la corriente, sino de entender verdaderamente las opciones disponibles y sus implicaciones.
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