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Tuve un jefe que en una ocasión me pidió que le hiciese los deberes a sus hijos. No me lo planteó así: me lo ofreció como una oportunidad de participar en un proyecto pedagógico de futuro. Aún no existía la inteligencia artificial así que ahí estaba yo, en el mismo despacho en el que otros días pergeñaba textos publicitarios para campañas institucionales buscando de qué está hecho el cuerno de un narval. Yo sabía que me estaba vendiendo una moto y él también, pero ninguno de los dos lo dijimos al clavarnos las pupilas tras ese recado insólito, que le entregué encuadernado con canutillo y pasta dura. De la misma manera, tampoco se llegaron a verbalizar nunca en alto las razones por las que a aquella oficina parecían llegar antes que a ningún otro lugar las bases y condiciones de los concursos públicos que después ganábamos. En todos los trabajos hay secretos que nunca se llegan a vocear porque no le conviene a nadie, pero menos a los que sueñan todo el año con las vacaciones de verano. A veces los curritos tardamos demasiado en comprender que nuestros exiguos salarios y nuestros modestos momentos de ocio dependen mucho más de los discretos silencios que de las ideas brillantes. Cuando nos damos cuenta de que el mundo no es de los que mejor juegan sino de los que aprenden a burlar con más arte las reglas de la partida el disgusto es morrocotudo (no digamos si el artero es de los nuestros). De mi relación con aquel empleador extraje dos lecciones fundamentales: en las empresas familiares se puede llegar a desarrollar un síndrome de Estocolmo criminal con el padre/jefe, al que cualquier mujer puede acabar haciendo recados de mamá/secretaria aunque solo la secretaria le conozca mejor que su mujer. No es extraño que el primer lamento de Ábalos cuando cayó en desgracia fuese: “No tengo secretaria. No tengo a nadie”. Ante su imputación, la secretaria de Zapatero ha decidido oír, ver y callar. Algunos ven estrategia procesal. Yo veo deformación profesional.
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