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Es de justicia reconocérselo hoy, cuando es ya un árbol caído, pero Keir Starmer fue un inteligente jefe de la oposición. Cuando accedió al liderazgo de los laboristas su partido era una jaula de disidencias y disonancias. A consolidarse le ayudó su escasez de carisma. Lejos de los posados atractivos, su perfil de oficinista gris le vino de maravilla. En lugar de dedicarse a una oposición estridente y malhumorada, condujo con prudencia mientras el partido conservador laminaba el liderazgo populista de Boris Johnson, otro de esos Mr. Carisma que lo prometen todo y lo ensucian todo. Starmer impuso un compás de espera sosegado y dejó que el poder le cayera en las manos sin llevar a su país a un enfrentamiento radical de instituciones y comandos de urgencia histérica. Y como sucede siempre, porque la alternancia en el poder es la más delicada verdad de la democracia, tras varios primeros ministros conservadores el gobierno fue a posarse en las manos del calmado Starmer sin demasiado griterío. Su mayoría parlamentaria le hubiera permitido una legislatura plácida si el mundo no girara, como lo hace, en un programa de centrifugado de máxima velocidad. Ahí, en esa sucesión del encantamiento y del desencanto que hoy es de vía exprés, Starmer no supo leer el mundo ni su país, ni tan siquiera más allá del felpudo del número 10 de Downing Street.
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