Durante una gélida mañana en marzo de 2026, las fuerzas británicas y noruegas se movieron con sigilo entre los abedules cubiertos de nieve, llevando a cabo un ejercicio de reconocimiento que formó parte de las maniobras conjuntas de la OTAN. Este evento involucró a más de 30,000 efectivos y se enmarcó en el ejercicio denominado “Arctic Sentry”. Esta serie de maniobras refleja un renovado compromiso entre los aliados de proteger el Ártico, una región que, durante décadas, fue ignorada en la agenda de defensa occidental. Sin embargo, su importancia estratégica ha crecido notablemente en respuesta a la modernización militar de Rusia y al deshielo que abre nuevas rutas y recursos.
El ejercicio se desarrolla en un contexto de creciente presión por parte de Moscú, que, en la última década, ha ampliado su presencia militar en el Ártico. Rusia ha reabierto decenas de bases antiguas soviéticas y ha consolidado su estatus como la nación con la mayor flota de rompehielos del mundo. Este creciente poder militar en la península de Kola, que alberga alrededor de dos tercios de su capacidad nuclear estratégica, trae consigo un riesgo significativo. Desde esta ubicación, la Marina rusa puede desplegar submarinos armados con misiles nucleares, capaces de alcanzar territorio estadounidense, lo que ha convertido la vigilancia en esta área, esencial para la seguridad global, en una prioridad crítica.
El desafío de la defensa del Ártico es complejo y requiere una robusta presencia naval. Estados Unidos, lamentablemente, cuenta con solo dos rompehielos operativos, mientras que Rusia dispone de 42, algunos con propulsión nuclear. La falta de infraestructura adecuada y el equipo convencional que frecuentemente falla a temperaturas de -45°C representan obstáculos significativos para las operaciones aliadas en la región. Además, el calentamiento global ha complicado el rastreo de submarinos, al alterar la salinidad y temperatura del agua, lo que provoca que nuevas tecnologías sean imprescindibles para mejorar la vigilancia.
Recientemente, los esfuerzos para reforzar la presencia aliada en el Ártico se han intensificado. Canadá ha anunciado un plan de 35 mil millones de dólares canadienses para la defensa en la región, destinado a construir nuevas bases aéreas y fortalecer la cooperación con Dinamarca y los países nórdicos. Asimismo, Finlandia y Estados Unidos están en proceso de construir hasta seis nuevos rompehielos, y Noruega está incorporando fragatas y submarinos en su flota. La unificación de las fuerzas aéreas nórdicas ha dado lugar a una flota equiparable a la británica, aumentando la capacidad de respuesta aliada.
Sin embargo, la atención estratégica se ha visto dividida debido al conflicto en Ucrania. A pesar de los avances en la inversión y la cooperación, el enfoque de recursos y atención sigue estando concentrado en Europa del Este, dificultando la priorización de los asuntos del Ártico.
En medio de esta dinámica, el primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, ha planteado una importante cuestión: Europa debe reconsiderar su veto a nuevas extracciones de gas y petróleo en el Ártico. Argumenta que la seguridad energética de Europa no debería depender de fuentes distantes como el Golfo Pérsico o Estados Unidos cuando podría depender de los depósitos cercanos en el Ártico, que provienen de un aliado cercano.
Støre señala que, tras la invasión rusa a Ucrania, Noruega había incrementado sus exportaciones de gas a la Unión Europea, con todo ese aumento originándose en el Ártico. Si Europa opta por rechazar ese suministro, Noruega buscará otros mercados, enfatizando que corresponde a los países europeos decidir de dónde prefieren obtener su energía.
Con un panorama global en constante cambio y la seguridad del Ártico en juego, el tiempo dirá si los países europeos actuarán para adaptarse a esta nueva realidad geopolítica.
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