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En el Ateneu Popular de Sant Roc, a 20 minutos en metro del centro de Barcelona, el derecho a la esperanza es una pared en el almacén de este barrio siempre pobre: en cuatro estantes están alineados decenas de pares de patines en línea —blancos, azules, rosas— para que los utilicen los chavales que se apuntan a las actividades del ocio, en las que se conocen y se mezclan. En la pared de enfrente, las cajas etiquetadas para encontrar rápido otros juegos: los diábolos y los platos chinos, los pañuelos o los bolos. Las modestas instalaciones de la entidad están enganchadas a una parroquia que se levantó hace medio siglo. Los primeros vecinos habían ido llegando aquí expulsados de otros lugares. De las barracas en la arena de la playa. Después de unas riadas trágicas. Cuando se construyó la autopista. Un cura progre habilitó un salón de actos que acabó siendo el punto de reunión donde se articuló la protesta vecinal. Fue el embrión del Ateneu. Con el paso del tiempo, con financiación privada y una parte pública menor, un grupo de laicos listos y concienciados consolidaron el proyecto, recosiendo la ciudad que se ve y la ciudad invisible. Hasta hoy.
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