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Puede que haya personas que mantengan una distancia clínica o cínica con los voluntarios que se suman a las flotillas de solidaridad con Gaza enviadas desde diversos puntos del mundo. A menudo, una de las autodefensas entre las personas que deciden no implicarse en nada suele consistir en ridiculizar a quienes lo hacen. Es casi un tratamiento médico. Algo sacarán a cambio, sus pintas no concuerdan con las mías, se dicen, y seleccionan al peor de todos para generalizar un desprecio global a la acción. Podríamos incluirnos en este perfil, porque el mundo está diseñado para que la distracción te permita eludir cualquier compromiso y cualquier responsabilidad. Es más, al asociar las causas con las personas particulares, todos aquellos defectos de la persona, y no hay quien no los tenga, acaban por desprestigiar la causa. Al fin y al cabo, también un cura pederasta perjudica al prestigio empresarial de Dios, según el dictado mercantilista de nuestra forma de vivir. Y todo terrorista islámico enturbia la estrategia expansionista de Mahoma. Pese a este distanciamiento, aquellos que miran por el rabillo de su sorna a la flotilla solidaria quedaron impresionados hace unas semanas por el recibimiento que les dispensó en aguas de Chipre la Armada israelí.
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