Un país que viola el derecho internacional al agredir a otra nación no debería ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esta cuestión fundamental desafía la lógica de su existencia. Durante 80 años, la ONU ha fracasado en realizar una reforma significativa sobre la composición de este órgano, lo que plantea interrogantes sobre su efectividad.
En la actualidad, los casos de Rusia y Estados Unidos son paradigmáticos de esta problemática. Ni uno ni otro debería formar parte del Consejo, dado que su presencia contradice los principios del derecho internacional. Por ejemplo, Estados Unidos e Israel llevaron a cabo ataques a Irán sin contar con la aprobación de una resolución del Consejo de Seguridad. Mientras tanto, el gobierno ruso sigue perpetrando acciones letales; se reporta que ayer mató a 27 civiles en Ucrania, evidenciando una escalofriante cotidianidad que ha llevado a una alarmante falta de reacciones globales.
Las discusiones sobre eventos deportivos, como los goles del Mundial, parecen eclipsar las atrocidades cometidas en Ucrania. La dinámica de poder en la política internacional a menudo parece funcionar bajo un doble rasero, donde se sanciona a Vladimir Putin, pero se trata a figuras como Benjamin Netanyahu con una consideración benévola, lo que despierta preocupaciones en torno a la consistencia ética de la Unión Europea.
El caso de México es igualmente troubling. Su gobierno ha mostrado una reacción prácticamente nula ante los sucesos en Ucrania y, aunque busca afirmarse en el ámbito internacional, parece estar desconectado de la realidad en el terreno de la diplomacia. La Misión Permanente de México ante la ONU es liderada por Héctor Vasconcelos, quien alguna vez afirmó que el presidente Andrés Manuel López Obrador podría servir como mediador entre Nicolás Maduro y la oposición venezolana, lo que subraya un enfoque que podría ser considerado ingenuo.
Desde que Vladimir Putin llegó al poder, el régimen ha implementado una política de terror tanto a nivel interno como externo, empezando por Chechenia y Georgia, y profundizándose en Ucrania desde 2014. El legado de la invasión a Moldavia en los años 90 aún persiste. A pesar de estas serias violaciones a los derechos humanos, Rusia continúa siendo un miembro permanente del Consejo de Seguridad. ¿Con qué moral se puede justificar su permanencia en el único órgano de la ONU cuyas decisiones son vinculantes?
Históricamente, los juristas Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, creadores de los conceptos de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, vivieron en Lviv, Ucrania, hoy devastada por los bombardeos rusos. Si estuvieran vivos, seguramente se horrorizarían por los acontecimientos actuales y reflexionarían sobre la efectividad de su contribución al derecho internacional en el contexto del Consejo de Seguridad.
A la luz de estas consideraciones, es evidente que la ONU ha olvidado el legado de Lauterpacht y Lemkin. La necesidad de una reforma en el Consejo de Seguridad es más urgente que nunca, y el futuro del orden internacional depende de una reevaluación de quienes tienen el poder de decisión en cuestiones cruciales para la humanidad.
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