“Que gane el pueblo”. Esta declaración, realizada por la presidenta Claudia Sheinbaum, resonó en la reciente cobertura sobre las elecciones presidenciales en Colombia, programadas para la segunda vuelta el próximo domingo. Ante la pregunta de una reportera sobre su candidato favorito, la mandataria mexicana optó por una respuesta cautelosa que reflejó su posición como jefa de Estado.
Su intervención tuvo dos facetas: primero, mostró una prudente neutralidad, reconociendo la complejidad de manifestar apoyo por alguno de los candidatos, una postura que parece tener en mente el delicado contexto político que ha vivido México en los últimos años. Sin embargo, rápidamente giró hacia un mensaje más palpable, expresando su deseo de que “gane el pueblo de Colombia”, lo que ha sido interpretado como un respaldo implícito hacia el candidato de izquierda, Iván Cepeda, en detrimento del ultraderechista Abelardo de la Espriella.
Este enfoque diplomático de Sheinbaum y su antecesor, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha sido objeto de críticas en México. A lo largo de su gestión, las relaciones diplomáticas se han visto afectadas, quedando sumidas en un deterioro notable; actualmente, no existen vínculos formales con Perú y Ecuador y la Alianza del Pacífico enfrenta una profunda crisis. Países como El Salvador, Argentina, Honduras, Chile y Paraguay han quedado fuera del diálogo político debido a esta estrategia polarizadora.
A medida que figuras como Donald Trump y otros presidentes manifestaban su apoyo por De la Espriella, la presidenta Sheinbaum tuvo la oportunidad de reconsiderar su postura y retornar a una diplomacia más neutral, que podría haber beneficiado a México en su relación diplomática con Colombia. Esto plantea interrogantes sobre la eficacia de la diplomacia mexicana en un contexto regional tan volátil.
Además, surgen ciertas preguntas que inquietan: ¿Quién constituye realmente el “pueblo colombiano”? ¿La elección de un candidato no simpatizante de la izquierda implica una exclusión de esta definición? Parece que la retórica populista ha generado un monopolio sobre el término “pueblo”, cuando en realidad representa una división significativa dentro de la sociedad colombiana. En la primera vuelta electoral, la demografía que votó a favor de De la Espriella pone en duda la noción de un “pueblo sabio” exclusivo del giro político que Sheinbaum respalda.
Observando este escenario, se evidencia que el favoritismo de la presidenta por un candidato podría tener repercusiones en el ámbito diplomático, especialmente si su preferido no sale victorioso. En este sentido, es urgente preguntarse: ¿cuál es el costo de tal injerencia política en un país vecino? La preocupación es válida si consideramos que las encuestas indican a De la Espriella como un candidato competitivo.
Las elecciones en Colombia no solo reflejan la dinámica interna del país, sino que también están entrelazadas con las relaciones exteriores que afectan a México. En un momento en que la división política en México es palpable, el gobierno parece poco dispuesto a abrir un espacio de diálogo, reafirmando estrategias de polarización que podrían resultar perjudiciales en el futuro.
Es un momento crucial para ambos países y la preocupación que genera esta postura de la presidenta es válida. La diplomacia, en tiempos de polarización, enfrenta el desafío de ser un puente, no un muro.
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