Desde 1930, la Copa del Mundo de Fútbol ha capturado la atención del planeta, convirtiéndose en un evento que entrelaza pasión, historia y cultura cada cuatro años. Este torneo no es solo un enfrentamiento deportivo; es un espejo de las dinámicas políticas, identidades y emociones colectivas que han dado forma a la modernidad. En naciones como México, el fútbol se eleva a la categoría de ritual comunitario, un tejido que une y define formas de pertenencia.
Sin embargo, al entrar en el siglo XXI, este ritual global enfrenta una dura realidad: el deterioro ambiental del planeta. El informe más reciente del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) advierte que la ventana para evitar un desastre climático se está cerrando rápidamente y el fútbol también juega un papel en esta responsabilidad. En este contexto, la FIFA y los organizadores del Mundial 2026, que se llevará a cabo en Canadá, Estados Unidos y México, han prometido un torneo que priorizará la sostenibilidad, alineado con cuatro pilares: social, medioambiental, económico y de gobernanza. Pero al revisar los números, surge una preocupación: este podría ser el Mundial más insostenible y contaminante de la historia.
La promesa verde para 2026 se basa en el uso de estadios existentes, una estrategia que puede parecer favorable en términos de reducción de huella de carbono. A diferencia del Mundial de Qatar 2022, donde la mayoría de los estadios fueron de nueva construcción, el evento norteamericano plantea una alternativa. Sin embargo, la realidad es más compleja. El modelo de megaeventos deportivos, que promueve una expansión constante, ignora una verdad fundamental: la escala importa. La afluencia masiva de turistas y la infraestructura necesaria amenazan con anular cualquier avance en eficiencia local.
El torneo aumentará el número de selecciones de 32 a 48 y el número de partidos de 64 a 104, lo que multiplicará exponencialmente las conocidas “emisiones de alcance 3”, resultantes del transporte aéreo de las delegaciones y millones de aficionados. Este efecto no es exclusivo del fútbol; otros megaeventos, como los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y Beijing 2022, también enfrentaron críticas por sus emisiones indirectas, a menudo subestimadas.
Un informe de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) estima que el transporte aéreo representará más del 85% de la huella de carbono total del Mundial 2026, lo que refleja cifras muy por encima de torneos anteriores. Se anticipa que el evento podría producir más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono, superando a sus predecesores.
La noción de que este torneo es “sustentable” simplemente porque se implementan medidas como el reciclaje en las gradas o el uso de iluminación LED es un claro ejemplo de ecoimpostura, o “greenwashing”. Este fenómeno no es nuevo; otros eventos también han mostrado una desconexión entre las acciones simbólicas y el impacto real en el medioambiente.
El cambio climático ya está afectando al fútbol en sí mismo, con altas temperaturas en las sedes que plantean riesgos tanto para jugadores como para aficionados. La respuesta a este desafío es un uso intensivo de aire acondicionado en los estadios, lo que agrava la situación. Este ciclo de adaptación puede llevar a medidas que exacerban el problema, creando una “paradoja climática”.
Ante este panorama, la ciencia de la sostenibilidad advierte que no hay lugar para el maquillaje en la resolución de problemas globales. Mientras los gigantes de los combustibles fósiles sigan involucrándose en el fútbol, las metas de carbono neutralidad de la FIFA podrían quedarse en promesas vacías. Si se quiere asegurar un futuro para el fútbol en un planeta que se calienta, es fundamental replantear el formato del torneo: apostar por sedes regionales compactas, reducir el número de partidos y priorizar el bienestar del planeta antes que las cifras de audiencia.
Con el silbatazo final acercándose, la respuesta no puede ser otra: el fútbol debe adaptarse a un nuevo juego en las condiciones climáticas actuales, pues el planeta ya no admite prórrogas.
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