En el norte de México, la expresión “ponte a jalar, güey” resuena con una fuerza singular. Especialmente en Monterrey y sus alrededores, “jalar” evoca la noción de laborar, de hacer, contrastando con la impersonalidad de “a trabajar” que a veces encontramos en la Ciudad de México. Allí, esta exhortación se manifiesta en un contexto cotidiano y comunitario.
La reciente conversación sobre inversiones en México destaca la oportunidad que ofrece el ajustado panorama global. Sin embargo, parece que muchos, en lugar de actuar, prefieren culpar a los gobiernos o a los grandes empresarios. Esta percepción resulta frustrante para los que quieren ver cambios significativos. La realidad es que, mientras algunos luchan por el poder, muchos ciudadanos adoptan una postura pasiva, llameando a una mejora más desde la comodidad de sus dispositivos móviles que desde acciones concretas.
La historia muestra que Monterrey ha prosperado gracias al trabajo arduo, aunque hoy parezca que algunas de sus nuevas generaciones prefieren el ocio, dejando atrás el legado de empresas como Vitro, Cemex y Femsa, fundadas por sus antepasados. La falta de nuevas corporaciones es alarmante y marca una necesidad urgente de involucramiento y creatividad empresarial.
El negocio del refinado de minerales y tierras raras, especialmente, representa una de estas vías de oportunidad. Aunque existen barreras para ingresar en este sector, su complejidad puede ser un aliciente más que un obstáculo. La competencia por los recursos, tanto a nivel nacional como global, hace que la refinación se vuelva esencial. Las grandes potencias se disputan el control de estos recursos, pero existe un cuello de botella entre los pozos y las fábricas de consumo.
Muchos piensan que solo los ricos pueden participar en estos mercados. Sin embargo, la historia de Iván Sandrea y Miguel Galuccio demuestra lo contrario. Ambos, originarios de Venezuela y Argentina respectivamente, llegaron sin capital, pero con una visión clara de las oportunidades que ofrecía el mercado mexicano. Sandrea, al estructurar Sierra Oil & Gas, se aprovechó de la reforma energética de 2013 y logró atraer inversiones significativas. En un movimiento estratégico, vendió su proyecto tras reunir capital, demostrando que la determinación puede superar las limitaciones económicas.
Por su parte, Galuccio, una figura clave en YPF antes de aventurarse en México, recaudó 650 millones de dólares a través de un SPAC, impulsando el desarrollo de un yacimiento en su país natal. Ambos lograron no solo beneficios económicos personales, sino también un impacto en sus comunidades.
La clave del éxito radica en el conocimiento y el esfuerzo. Quien aspire a levantar capital para proyectos, como una refinería de tierras raras en Sonora, debe estar dispuesto a trabajar duro. La fortaleza de la economía mexicana podría reposar en sus ciudadanos activos, dispuestos a jalar y no esperar pasivamente a que otros resuelvan lo que ellos mismos pueden cambiar.
Es momento de que la nueva generación se involucre en la creación de empresas y en la identificación de oportunidades, contribuyendo al futuro de México a través del esfuerzo y la dedicación. La tarea está ahí, y con la determinación adecuada, informacion.center puede avanzar hacia un crecimiento sostenible y firme.
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