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Todos los años, al llegar estas fechas, mi padre, la alegría de las viñas manchegas en persona, mutaba en un espectro cenizo, mustio y mohíno para desesperación de sus hijos, que no entendíamos cómo aquel hombrón que se reía de su sombra se sumía de repente en tan impenetrable silencio y tristura. Así, mientras fuera atronaban los petardos y pasodobles de los pasacalles previos a la plantà de las hogueras de san Juan en Alicante, en casa no se oía una voz más alta que otra hasta que, también de súbito, papá volvía a su ser y, para la cremà, ya era el primero en abrirse paso a codazos para ver arder la falla del barrio en primera fila. Pasaron años hasta que, ablandado por el tiempo y sus garras, el viejo nos contó la razón de su anual eclipse de junio. Su padre, mi abuelo Nicéforo, se había puesto malo de morirse y se había muerto en uno de aquellos días de sol de escándalo, y su recuerdo le nublaba el ánimo a negro. Como si cada principio de verano mudara de piel, y el duelo le añadiera un nudo más a su ya castigada espalda de tanto doblarla cargando maletas en el aeropuerto. Así fue cada junio de su vida hasta que, recién jubilado, agarró él mismo la filoxera, como llamaba a la fibrosis pulmonar que le dejó los pulmones como estropajos de aluminio, que se lo llevó por delante.
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