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El servicio militar obligatorio en España se extinguió por la presión de los jóvenes, cuyas objeciones al sistema eran lógicas y razonables. Se había extendido la figura del recluta como criado de los mandos superiores, pero también resultaban intolerables los excesos y el capricho cruel de los mandos intermedios, generando para los forzados al servicio un año de suspensión de todo derecho, lo que acarreó numerosos suicidios, abusos e incluso violaciones. Mirado con perspectiva, ahora que el negocio de las armas pretende volver a reclutar entre los jóvenes la carne de cañón, lo mejor del servicio militar era la convivencia entre distintos, el encuentro entre personas de diferentes estatus, regiones y sensibilidades. Ese cruce social ahora tan sólo se produce en dos circunstancias: el examen teórico de conducir y el ingreso en la UCI hospitalaria. Por ello, quizá, mejor que plantear la reimplantación militarista, sería más interesante tratar de encontrar una buena razón por la que los chicos y las chicas españolas fueran convocados a una convivencia de meses, formativa y enriquecedora. Y la respuesta puede estar en lo que sucede en este verano atroz de incendios. Y el otoño que le seguirá, de nuevo otro año más, con lluvias monzónicas e inundaciones en regiones del Levante. Por desgracia, la catástrofe climática nos lleva a convertir en rutina anual estos desastres naturales.
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