La falta de pensamiento crítico en México se vuelve cada vez más preocupante
La sociedad mexicana se encuentra atrapada en un hermetismo que impide el intercambio de ideas y la reflexión crítica debido a miedo a ser criticadas.

La opinión pública en México se construye día a día a través de la información y las opiniones que circulan en la sociedad. Esta realidad ha llevado a preguntarme cómo abordar el tema del pensamiento crítico en un momento histórico marcado por la mediocridad.
Me alarma ver que la gran mayoría de las personas renuncia a pensar por miedo a ser criticadas, lo cual no es una actitud nueva pero que se ha agudizado con la llegada del mundo digital. La sociedad actual se encuentra atrapada en un hermetismo que impide el intercambio de ideas y la reflexión crítica.
La frase "si todos piensan igual, entonces nadie está pensando" es una sentencia atribuida a George S. Patton y Walter Lippmann que resume mi preocupación por la falta de pensamiento crítico en nuestra sociedad. Es nuestro derecho pensar diferente a pesar de lo que los demás puedan pensar.
En un momento en el que el populismo y el fascismo se presentan bajo diferentes ropajes, me preocupa que algunos individuos no puedan distinguir entre uno y otro. La distinción entre izquierda y derecha ha sido cuestionada por muchos, especialmente aquellos que se identifican con una u otra tendencia política.
La falta de pensamiento crítico en nuestra sociedad es un tema que merece ser abordado con seriedad y reflexión. En las próximas semanas, intentaré explorar más a fondo este tema y sus implicaciones para nuestra sociedad.
La izquierda mexicana ha adoptado una postura peculiar al etiquetar como fascistas a aquellos que no comparten sus creencias políticas sin analizar detenidamente las características del fascismo.
En efecto, los rasgos centrales de este régimen, como el rechazo al liberalismo y el control estatal sobre la economía y la sociedad, se parecen sorprendentemente a lo que nuestro gobierno ejerce en realidad sobre los intereses de la mayoría.
Recientemente, James Hetfield, vocalista de Metallica, interrumpió su concierto para expresar que su grupo no busca lanzar discursos políticos ni adoctrinar a su audiencia con ideas o intereses sociopolíticos.
Aplaudo esta postura, ya que creo que los artistas deben mantener sus creencias y opiniones personales fuera del escenario, dejando a sus seguidores la decisión de tomar o dejar lo expresado en sus obras.
La realidad es que muchos actores tienen intereses políticos, pero carecen de un sólido aparato intelectual para defenderlos, lo que les hace repelentes en su propia obra.
La obra de un artista o escritor es lo más relevante para evaluar su visión del mundo y su visión humana, ya que se refleja en sus creaciones a través de una forma de expresión artística.
En el caso de Margaret Atwood, su novela "El cuento de la criada" es un ejemplo claro de cómo puede exponer relaciones de poder y control entre hombres y mujeres de manera efectiva sin necesidad de explicaciones adicionales.
Sin embargo, Atwood y otras escritoras como Zadie Smith han sido criticadas en los medios digitales por su postura sobre el conflicto entre Israel y Palestina, específicamente por haber guardado silencio sobre este tema.
La falta de participación o de una posición clara sobre temas importantes puede generar rechazo y críticas hacia las figuras públicas que se esperaría que tomaran una postura en defensa de sus ideales.
Para algunos, la opinión personal de un artista o escritor es irrelevante si no está respaldada por su obra, lo que lleva a cuestionar la legitimidad de sus posiciones políticas y sociales.
La crítica a las artistas que no se declaran públicamente en favor de ciertas causas políticas o sociales parece ser un tema recurrente en la sociedad actual.
Algunas personas cuestionan el silencio de figuras como Margaret Atwood y Naomi Smith, quienes no han expresado su apoyo explícito a Palestina, lo que lleva a preguntarse si sus opiniones políticas son legítimas.
La banda Metallica también ha sido objeto de crítica por no declararse en contra de la guerra en Gaza o del partido Republicano en Estados Unidos.
Estas críticas pueden ser vistas como un ejemplo de intolerancia y cancelación cultural, donde las ideas y opiniones de los demás se consideran irrelevantes si no coinciden con las nuestras.
La respuesta a este tipo de situaciones es importante, ya que puede llevar a una pérdida de fe en la humanidad cuando los ídolos no piensan como nosotros.
La necesidad de validación externa puede llevar a una falta de pensamiento crítico, donde la conciencia política se disfraza como un medio para sentirse amados y aceptados por los demás.
La burbuja de lo políticamente correcto puede ser engañosa, ya que en lugar de proteger a las personas, produce intolerancia, exclusión y pensamiento único. Esto se manifiesta cuando alguien cancela a un artista o persona por no declararse sobre una guerra o tema político, más bien que ejercer pensamiento crítico.
En este sentido, la exigencia de obediencia es más común de lo que se cree, y puede ser confundida con el fascismo que tanto detestan. La diferencia entre ambos puede ser fina en momentos específicos, y quienes operan bajo esta lógica pueden no estar dispuestos a admitirlo.
La mediocridad no solo se refiere a los que no piensan, sino también a aquellos que piensan tan poco que necesitan que sus ídolos piensen por ellos. Es el berrinche de quien confundió admirar con poseer y ahora se indigna cuando sus ídolos no cumplen con sus expectativas.
En la política, los fanáticos operan bajo la misma lógica que un fanático de un artista, pero con consecuencias más graves. Quien vota por un partido y le entrega su capacidad de dudar deja de ser ciudadano para convertirse en portavoz no remunerado, defendiendo lo indefendible y justificando lo injustificable sin argumentos sólidos.
Los partidos políticos cultivan con cuidado a los fanáticos porque son un recurso valioso para sus operaciones psicológicas. Los fanáticos son utilizados para crear una atmósfera de consenso y silenciar las voces disidentes.
La tolerancia cero hacia cualquier opinión contraria es un aspecto clave de esta estrategia. Quienes no se alinean con la ideología dominante son percibidos como enemigos que deben ser combatidos. Esta mentalidad fomenta el fanatismo político y lo politicamente correcto, que comparten el miedo a estar equivocado.
El pensamiento crítico es visto como una amenaza para esta dinámica de poder, por eso se desprecia y se intenta silenciar. La capacidad de dudar y cuestionar la verdad oficial es vista como un signo de debilidad y falta de convicción en los ideales.
Datos basados en información reportada originalmente por El Universal Cultura.
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