El fenómeno climático de El Niño se presenta como un desafío creciente en un mundo cada vez más caldeado. Este fenómeno no es una simple anomalía temporal; su comprensión, en especial las versiones más extremas, se vuelve crucial para prever sus efectos en los ecosistemas y en nuestra cotidianidad. María Luisa Machain Castillo, destacada investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la Universidad Nacional Autónoma de México, enfatiza que “lo que ocurre en el Pacífico ecuatorial tiene repercusiones en todo el planeta”.
Cuando las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan por encima de lo habitual durante períodos prolongados, las consecuencias se sienten a nivel global. Se producen lluvias torrenciales en algunas regiones, mientras que otras experimentan sequías severas, además de alteraciones marcadas en los ecosistemas marinos. En particular, ciertos eventos recientes han sido tan intensos que se les ha adjudicado nombres como “Niño Godzilla” o “Súper Niño”. Las proyecciones indican que en 2026 podrían darse condiciones propicias para el desarrollo de otro evento de gran magnitud, aunque la incertidumbre persiste sobre su evolución exacta.
El término “Niño Godzilla” emergió entre 2015 y 2016, cuando la NOAA documentó uno de los episodios más intensos en décadas, donde se registraron anomalías de temperatura superficial del mar superiores a 2.5 °C. Aunque no es una denominación científica, el término ayuda a ilustrar la magnitud de estos eventos extremos.
Eventos de El Niño que han impactado severamente al planeta ocurrieron también en 1982-1983 y 1997-1998, causando anomalías similares y perturbaron la productividad en todos los niveles, incluyendo el colapso de importantes pesquerías en las costas mexicanas. Uno de los efectos más notables es la disminución del afloramiento de aguas frías, lo que reduce la disponibilidad de nutrientes en la superficie oceánica. Esta disminución afecta al fitoplancton, la base de la cadena alimenticia marina, llevando a una cascada de consecuencias que impactan a peces, aves y mamíferos marinos.
Durante el evento extremo de El Niño en 2015-2016, las temperaturas del océano alcanzaron niveles alarmantes, lo que resultó en un año de intensa actividad ciclónica en algunas regiones y sequías severas en el este de África. Estudios realizados en Mazatlán desde 2015 muestran que durante los años de El Niño extremo, la productividad biológica del área se redujo notablemente; algunas especies de microorganismos perdieron abundancia mientras que otras, adaptadas a condiciones más cálidas, aumentaron su dominancia.
Así, al reconstruir el pasado y observar el presente, la ciencia se convierte en una herramienta esencial para entender este sistema climático y prever sus posibles transformaciones en un futuro incierto. La situación actual del fenómeno de El Niño y su posible reaparición pone de relieve la urgencia de comprender su dinámica para proteger nuestro entorno y la vida humana en un mundo en constante cambio.
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