Durante décadas, la integración energética en México y América Latina se centró en el flujo de petróleo y gas. Se construyeron gasoductos y oleoductos, y se firmaron tratados, todo concebido en torno a los combustibles fósiles. Sin embargo, el futuro que se vislumbra para unir este vasto continente está marcado por una nueva fuente de energía: la electricidad.
Este cambio es crucial no solo porque América Latina posee la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino también porque la demanda eléctrica está a punto de experimentar un crecimiento explosivo. Según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), se estima que hacia 2050 el continente requerirá tanta electricidad adicional como la que actualmente consumen México y Brasil juntos. En Centroamérica, la demanda incluso podría cuadruplicarse. Además, naciones como Chile y Argentina anticipan que podrían alcanzar más del 90% de generación renovable en solo 25 años.
Detrás de este crecimiento hay tres factores clave. Primero, la electrificación del transporte, que incluye la conversión de automóviles, autobuses y camiones de gasolina a electricidad. Segundo, el aumento de los centros de datos, que demandan energía a escalas industriales. Por último, el fortalecimiento del sector manufacturero, que, junto al crecimiento del poder adquisitivo, está incrementando el uso de maquinaria y electrodomésticos en los hogares. Esta situación está presionando las redes eléctricas de la región más que nunca.
Sin embargo, no se trata únicamente de un desafío técnico, sino de una cuestión vital para la competitividad. En un entorno donde las empresas buscan disminuir su huella de carbono y asegurar una oferta estable de electricidad, contar con energía limpia y abundante se convierte en un atractivo para la inversión. Si no se actúa de manera coordinada y anticipada, el desbordamiento de la demanda, impulsado por la proliferación de centros de datos y nuevas industrias, podría resultar en un aumento de precios, afectando tanto a hogares como a empresas.
La región ya ha cosechado valiosas experiencias, especialmente en Centroamérica, que lleva la delantera con una red eléctrica troncal interconectada en casi todos sus países, permitiendo equilibrar la oferta y la demanda entre naciones. Este modelo ha demostrado ser eficaz para integrar más energías renovables y responder rápidamente a picos en el consumo. No obstante, estos proyectos son costosos y presentan riesgos, lo que exige el compromiso de las grandes economías latinoamericanas y la colaboración de instituciones financieras multilaterales.
Adicionalmente, se abre una ventana de oportunidad en el ámbito de la integración comercial. En muchos países de la región, las empresas públicas dominan las redes de transmisión y distribución de electricidad. Mientras que en México, Uruguay y Honduras son completamente estatales, en Brasil, Colombia y Argentina operan bajo esquemas público-privados. Esto plantea la posibilidad de coordinar compras públicas de equipos y tecnología, fomentando una cadena de suministro regional que pueda rescatar la producción de valor agregado.
A pesar de los escasos avances en manufactura en tecnologías de generación (con la excepción de Brasil), un estudio reciente de la CEPAL indica que, en esta década, la inversión en redes eléctricas será entre dos y tres veces mayor que la destinada a parques solares y eólicos. La transición energética nos obliga a replantear no solo la procedencia de la electricidad, sino también cómo actuar en un escenario de transformación y disrupción en las cadenas de suministro globales, para incrementar la capacidad productiva de América Latina. Esto va más allá de simplemente tender cables a través de fronteras; requiere la creación de mecanismos de gobernanza, compras coordinadas y cadenas de valor compartidas.
América Latina cuenta con una generación eléctrica más limpia, una abundante disponibilidad de recursos renovables y una creciente demanda. Lo que falta es conectar este enorme potencial disperso, a pesar de las turbulencias políticas que frecuentemente marcan la región. Abordar estos desafíos será fundamental para asegurar un futuro energético sostenible y competitivo en el continente.
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