En la inhóspita Ciudad Nezahualcóyotl, un equipo de fútbol dejó una huella imborrable en la historia del deporte mexicano: los Toros Neza. Fundado en 1991 por el empresario Juan Antonio Hernández, este club nació como un símbolo de rebeldía y lucha, vistiendo rojo, un color que evocaba tanto el fuego de su juego como las batallas en la cancha. Desde su ascenso a la Primera División en 1993, el equipo se convirtió en un referente singular de la década de los noventa.
Los Toros Neza jugaron en el estadio Neza 86, un recinto con historia, ya que había sido sede de la Copa del Mundo. Mientras el mundo celebraba un evento global, en Nezahualcóyotl las condiciones eran diferentes: calles sin pavimentar y un contexto social marcado por la marginalidad. La comunidad encontró en este equipo una vía de escape, un oasis donde la pasión y la identidad cobraban vida. “Somos gente luchona, crecimos con muchas carencias”, señala un aficionado conocido como el Neza Boy, encapsulando el espíritu de un club que representaba a su barrio.
Los jugadores que pasaron por las filas de Toros Neza, como Pablo Larios, Miguel “Piojo” Herrera y Antonio “Turco” Mohamed, no solo sobresalieron por su habilidad, sino también por su estilo de juego bastante agresivo. La serie documental reciente sobre el equipo revela cómo la violencia fue vista por algunos como un acto de rebeldía contra un sistema dominado por clubes con más recursos. Barridas contundentes y un juego rudo, en ocasiones más centrado en la disputa física que en la técnica, atrajeron a una base de aficionados leales, ansiosos por ver a sus héroes en acción.
El documental retrata momentos inusuales del fútbol mexicano, como una pelea campal entre los Toros Neza y la selección de Jamaica. Este conflicto se desató en un encuentro amistoso y se convirtió en una escena caótica que ilustraba la desenfrenada esencia del equipo. Sus jugadores eran conocidos por su extravagancia, adornando su apariencia con cabellos teñidos y celebrando con disfraces que desafiaban cualquier convención.
El uso de archivos de la época, particularmente de Televisa, permite experimentar la euforia de aquellos años, cuando la locura de los Toros se convirtió en un fenómeno popular, al punto de ser invitados a Los Pinos, la residencia presidencial de México, a pesar de nunca haber sido campeones. En una cultura donde los triunfos eran el único foco de atención, la extraordinaria energía de este equipo permitió que se abriera una brecha.
El club alcanzó una semifinal y una final en su trayectoria, pero fue durante la temporada 1996-97 cuando más cerca estuvieron del éxito. En la final ante las Chivas, un empate en el partido de ida se convirtió en una humillante derrota en el de vuelta, lo que dejó un eco de fracaso que resonó entre los aficionados y sus jugadores. “Perdimos el piso, la fama nos pasó factura”, admitió Jesús López Meneses, reflejando el costo del estrellato.
Tras esa temporada, el club comenzó su declive. A pesar de intentos por revitalizarlo, incluyendo fichajes como el del campeón mundial Bebeto, finalmente la franquicia cayó a la Segunda División y se desvaneció en 2002. Tras varios intentos de resurgimiento, la esencia de los Toros Neza quedó atrapada en la memoria colectiva como un culto a una época dorada, comparable a una banda de hard rock que, aunque breve, dejó un legado imborrable en la memoria futbolística.
Este relato de los Toros Neza constituye un capítulo crucial en la historia del fútbol mexicano, donde la pasión, la lucha y la anarquía se entrelazan en un fenómeno social que aún es recordado con cariño.
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