En un contexto global que alguna vez se caracterizó por la aspiración a un “orden internacional liberal”, la realidad actual revela un panorama bien diferente. Durante décadas, la mayoría de los países se alinearon con este ideal, deseando no solo formar parte de él, sino contribuir a su desarrollo y estabilidad. Sin embargo, esa etapa parece estar definitivamente superada.
El ascenso de economías emergentes como China ha desafiado los acuerdos establecidos por las potencias occidentales tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la ausencia de un compromiso firme por parte de su principal arquitecto, Estados Unidos, ha precipitado la fragmentación de este orden. En el período de la administración de Donald Trump, se produjo un giro drástico, con un rechazo explícito de ese modelo liberal que antes predominaba. La retórica del secretario de Estado, Marco Rubio, señala una postura contundente: el viejo orden no solo ha quedado obsoleto, sino que se ha transformado en un arma en contra de los intereses estadounidenses.
El concepto esencial de un orden internacional implica la existencia de reglas comunes y compromisos multilaterales. Sin embargo, la administración de Trump mostró una desdén por tales restricciones, priorizando sus intereses autodefinidos. Decisiones como la imposición de aranceles punitivos, incluso por razones ajenas al comercio, arrojaron dudas sobre la sostenibilidad económica a nivel global. Aunque es prematuro hacer previsiones definitivas, es evidente que el daño podría repercutir severamente en la economía estadounidense a largo plazo.
Por otra parte, el discurso sobre derechos humanos se ha vuelto selectivo en la política exterior estadounidense, donde narrativas como el supuesto genocidio en Sudáfrica eclipsan otras crisis humanitarias, como la situación de los palestinos en Gaza y Cisjordania. Este contexto se ha visto alimentado por una respuesta interna comprensible a las “guerras eternas” de Afganistán e Irak, así como a un reconocimiento tardío de que las intervenciones extranjeras no pueden redefinir países a voluntad.
Sin embargo, el péndulo ahora se ha movido en dirección opuesta. Desde Groenlandia hasta el Canal de Panamá, Estados Unidos se ha convertido en un catalizador del desorden internacional, cultivando relaciones tensas incluso con actores como Rusia, en el marco de su agresión en Ucrania. Regiones enteras, desde el Cuerno de África hasta el Sahel, están sumidas en conflictos y caos, mientras que Estados Unidos se concentra en su propia “guerra de elección” en Venezuela.
A pesar de su poder industrial y de su capacidad naval en expansión, China siente el vacío que deja Estados Unidos con cautela. Aunque busca establecer un nuevo orden mundial, hasta ahora se ha abstenido de intervenir en múltiples conflictos. Este nuevo enfoque aleja la posibilidad de una continuación del orden liberal que imperó durante más de 80 años.
De este modo, el actual periodo está marcado por el desorden mundial, donde regímenes antiliberales ganan terreno y las estructuras internacionales se desmoronan. Estas dinámicas son especialmente peligrosas en un contexto de cambio climático, riesgos pandémicos y avances en tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial.
La cooperación necesaria para abordar estos desafíos parece estar fuera de alcance. En esta era de desorden global, podría encontrarse esperanza en coaliciones plurilaterales que se enfoquen en temas específicos como el comercio, la salud global y la transición energética. Serán estos países que reconozcan los peligros los que deberán explorar nuevos caminos hacia la colaboración, buscando un futuro más estable en medio de la incertidumbre actual.
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