Muchos conocimos al ajolote gracias a su reciente inclusión en el billete de 50 pesos, una decisión del Banco de México que ha generado un renovado interés hacia este anfibio en peligro crítico de extinción. El ajolote, que solo habita en la cuenca del Valle de México, especialmente en los canales de Xochimilco, ha sido transformado en un símbolo de la Ciudad de México mediante las iniciativas impulsadas por Clara Brugada, quien ha desatado un fenómeno que se ha denominado “ajolotización”.
La propuesta de Brugada busca convertir al ajolote en un emblema de la ciudad, a pesar de ser una especie que no se relaciona directamente con la vida urbana. Muchos se preguntan: ¿por qué un anfibio que habita en entornos lacustres se asocia con la identidad citadina? Al mismo tiempo, las acciones de Brugada han incluido una amplia campaña de decoración utilizando los colores amarillo y violeta, una combinación que ha sido criticada, tanto por su estética cuestionable como por su potencial violación de las normas internacionales de señalización.
Más allá de los aspectos estéticos, la “ajolotización” refleja una tendencia autoritaria donde se imponen decisiones que no parecen contar con la aprobación de la ciudadanía. Este enfoque podría interpretarse como un intento de desviar la atención de problemas más urgentes que enfrenta la capital, como la falta de mantenimiento en el Metro, la escasa infraestructura pública y la creciente inseguridad que afecta el día a día de los habitantes.
Recientemente, Brugada presentó un presupuesto total de 23,000 millones de pesos para estas iniciativas, un monto que carece de un desglose claro y que muchos consideran que podría haberse asignado a temas prioritarios de la ciudad. Algunos observadores han recordado que decisiones arbitrarias similares, como el cambio de nomenclatura de DF a CDMX en 2016, ya habían planteado controversias en el pasado.
El ajolote y los colores propuestos, aunque populares en ciertos círculos, tienen un camino incierto hacia convertirse en una insignia internacional de cosmopolitismo y cultura. En contraste, el reciente cambio de imagen de la CDMX busca ser un símbolo de una ciudad en transformación, con un enfoque en el autogobierno más que en caprichos personales.
Las decisiones sobre la imagen y simbolismo de una ciudad deben ser el resultado de un diálogo abierto y colectivo, en el que la voz de los ciudadanos sea fundamental. Un enfoque equilibrado que priorice las necesidades reales de la metrópoli podría resultar en un futuro más prometedor, donde la identidad cultural se construya sobre la base de un entendimiento y respeto mutuos.
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