En mi opinión esta cuestión no debería sorprendernos del todo. Consideremos que la formación de un hábito es el proceso por el cual un comportamiento determinado se convierte en habitual o automático con base en la repetición.
Este mecanismo resulta muy útil para nuestro cerebro pues al ser el órgano que más consume energía (glucosa) le permite construir atajos que hacen más eficiente su operación. Ahora bien, como todo proceso tiene pros y contras.

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Del lado positivo, podemos realizar actividades repetitivas, por ejemplo conducir o gestionar nuestros dispositivos de forma automática sin apenas ser conscientes de todos los movimientos involucrados; del lado negativo, que cualquier cambio repentino (reuniones a distancia en lugar de presenciales, pedir en línea en lugar de ir directamente al establecimiento, una actualización de nuestra app favorita, etc.), nos provoque como mínimo una sorpresa y, en casos más contundentes, rechazo inicial y estrés generalizado.
Pongamos sobre la mesa algo trivial como la forma de entretenernos. Es bien conocido el reciente auge de los podcasts y de los audiolibros en nuestro país, de hecho, es la categoría de entretenimiento que más ha crecido en los últimos años e incluso diversas consultoras apuntan a Latinoamérica (y a México como puntero) como la región que liderará a nivel mundial el crecimiento de la misma en los siguientes tres años.
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Hemos sido testigos de cómo el confinamiento y el parón económico posterior ha creado de forma acelerada nuevos hábitos en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida, por lo que considero primordial asimilar que el proceso de construcción de nuevos hábitos no tiene únicamente un componente formativo (repetición), sino que además tiene otro, bastante más primario a nivel cerebral.
Esta nota contiene información de varias fuentes en cooperación con dichos medios de comunicación.




























