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El verano de 2010 mi madre mutó en forofa de La Roja. Digo mutó porque el fútbol, ese tostonazo que le trastocaba los horarios de la tele todos los santos miércoles y domingos, la aburría soberanamente, pero las razones de una madre son sagradas y la mía, ese año, tenía una poderosísima para comerse sus palabras. Mi hermano Raúl, su pequeño del alma, un aparejador condenado al paro sine die por la burbuja inmobiliaria, lo había empezado abriendo un bar de copas para intentar salir del hoyo, y el fútbol se había convertido en el mejor reclamo para llenarlo hasta la bola de fieles que acudían a ese templo a adorar una pantalla gigante. Mi madre, que del balón no sabría ni papa, pero de tonta no tenía una cana, entendió de inmediato las reglas del juego. Un gol propio significaba otra ronda para mojar la euforia. Uno ajeno, otra para templar la rabia. Una derrota, otra para ahogar las penas. Y una victoria, directamente, triplicar la caja. Por todo eso, para el verano del Mundial de Sudáfrica, mamá era ya más futbolera que Shakira. Iba con España, claro, pero hubiera ido con el mismísimo diablo para que su niño facturara el máximo. Como que vio la final vestida con una camiseta de La Roja, cantó el gol de Iniesta que ríete tú de Juan Carlos Rivero y no bajó a bañarse y bailar el Waka, waka a la fuente del barrio porque una cosa es sacrificarse por los hijos y otra hacer el ridículo delante las vecinas.
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