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El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.
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