https://informacion.center.com/

Las imágenes aéreas de la devastación que ha causado el terremoto en Venezuela recuerdan las horribles estampas de la guerra en Gaza, en Aleppo, en Mariupol. Los edificios destripados como acordeones de hormigón con los inquilinos engullidos dentro. Resulta demoledor pensar que la naturaleza puede causar una tragedia de este calibre y que, sin embargo, también algunos seres humanos, supuestos líderes, puedan ordenar catástrofes así, teledirigidas desde sus despachos. El dolor inmenso de las familias de las víctimas se acrecienta ante la indefensión, la incapacidad para ordenar el caos, desandar el destino fatal. En el caso reciente de Venezuela, donde los muertos y desaparecidos se cuentan por miles, la impotencia señala a un país rico en recursos naturales que malgasta estos dones para perpetuar una economía precaria que carece de medios y personal cualificado para afrontar un rescate urgente, el mínimo de servicio público para amparar a tantos afectados. Era de sospechar en un país que meses atrás, pese a presumir de su militarismo, había presenciado el secuestro de su presidente por un comando norteamericano sin un arañazo a los helicópteros que protagonizaron la acción, probablemente pactada.
Esta nota contiene información de varias fuentes en cooperación con dichos medios de comunicación.



























