La guerra en Ucrania ha marcado un punto de inflexión en la planificación militar de las potencias mundiales, destacando una tendencia claramente visible: el futuro del combate será cada vez menos tripulado. Con esta nueva perspectiva, el Reino Unido ha tomado la decisión notable de cancelar la construcción de su próximo destructor y redirigir una parte significativa de su presupuesto de defensa hacia el desarrollo de drones, inteligencia artificial y embarcaciones autónomas. Este cambio representa uno de los giros doctrinarios más relevantes en las últimas décadas para una fuerza naval occidental.
El reciente Defense Investment Plan, impulsado por el gobierno de Keir Starmer, prevé una inversión superior a los 395,000 millones de dólares hasta 2030, de los cuales aproximadamente 6,600 millones estarán destinados exclusivamente a drones. Este enfoque no solo se basa en el volumen de recursos, sino también en un cambio de paradigma que implica abandonar gradualmente el modelo tradicional de grandes buques tripulados.
Según el analista internacional Andrei Serbin Pont, este movimiento británico seguramente influirá en otros países, sugiriendo que “los británicos lo harán ahora, pero después lo harán todos”. Este plan contempla el desarrollo de lo que se denomina “unmanned combat vessels”, plataformas diseñadas para operar sin tripulación y coordinar otros sistemas autónomos. Entre los diseños más avanzados se encuentra el Tipo 91, un buque de aproximadamente 70 metros, concebido como “un arsenal flotante” capaz de transportar hasta 130 misiles, incluyendo sistemas antiaéreos, armamento de ataque terrestre y armas láser.
Además, la ausencia de tripulación en estas embarcaciones no solo reduce costos, sino que también libera espacio para armamento y disminuye el riesgo humano en combate. Como bien señaló Serbin Pont, “Cuando eliminás eso de la ecuación, te ahorrás un montón de espacio, de recursos y de vidas”. De hecho, si una de estas embarcaciones chegara a ser destruida, el impacto humano sería significativamente menor.
Este cambio no es solo impulsado por innovaciones tecnológicas, sino también por cuestiones económicas y operativas, especialmente en un contexto donde las fuerzas armadas occidentales enfrentan crecientes dificultades para reclutar y retener personal militar. La transformación del modelo de combate es, sin duda, un reflejo de lo que ha estado ocurriendo en el campo de batalla ucraniano. Con un uso masivo de drones — alrededor de 200,000 por mes— se ha alterado la lógica del enfrentamiento, creando un entorno en el que los sensores y los operadores humanos no pueden seguir el ritmo de la información.
Esta realidad no implica que las formas tradicionales de guerra hayan desaparecido; al contrario, coexistiendo con la nueva tecnología, la artillería sigue desempeñando un papel fundamental en el conflicto, con unos 30,000 proyectiles disparados diariamente, lo que subraya que la innovación no ha reemplazado las estrategias convencionales, sino que las ha potenciado.
La creciente exigencia de procesar una cantidad desbordante de información en tiempo real también ha abierto un nuevo espacio para la inteligencia artificial en el ámbito militar. Frente a la velocidad del combate, los algoritmos están asumiendo un rol más relevante en la identificación de amenazas y en la selección de objetivos, desafiando los límites tradicionales que han regido la toma de decisiones humanas.
En este marco, surge una discusión más amplia que trasciende lo militar: sobre los límites que la sociedad está dispuesta a aceptar en cuanto a la delegación de decisiones críticas a máquinas. La pregunta que se plantea es clara: “¿A partir de qué punto estás cómodo con delegar decisiones que implican matar en una computadora?”
Si bien el principio que todavía prevalece es el de mantener al ser humano en la toma de decisiones, el ritmo del combate está tensionando esta norma. Ejemplos recientes, como los de operaciones en Gaza, donde el tiempo de autorización para ataques es extremadamente limitado, hacen que esta discusión se vuelva urgente.
Un tema central que se desvanece en el horizonte de esta transformación es la responsabilidad: “¿Qué pasa si el día de mañana el ser humano ya no tiene el botón rojo?” Para evitar que la tecnología defina sus propias reglas, es crucial establecer normas claras antes de que se consolide el avance tecnológico.
En definitiva, el militarismo contemporáneo se está transformando rápidamente, y el Reino Unido está a la vanguardia de este cambio. Con unas inversiones significativas y un enfoque centrado en tecnologías no tripuladas, el rumbo que tome podría ser un modelo a seguir para naciones de todo el mundo. Este proceso, sin embargo, nos fuerza a confrontar preguntas fundamentales sobre el futuro de la guerra y el papel de la humanidad en la misma.
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