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Si lo piensas, resulta asombroso que con tan solo las 27 letras del abecedario se pueda escribir El Quijote. O el manual de usuario del microondas. O el Código de Tráfico y Seguridad Vial. O la Biblia en verso. Todo el lenguaje está cimentado sobre esa materia prima tan escasa, aunque capaz de combinarse de un modo diabólico. Las letras, por sí solas, no son apenas nada, nada. Pero cuando se juntan, se repiten y ordenan de distintas maneras, el número de posibilidades crece de un modo que desafía a la razón. No todas las combinaciones acaban convirtiéndose en palabras, claro. El idioma condena, selecciona, canoniza, glorifica. Aun así, el resultado es un diccionario de unas 100.000 entradas o, lo que es lo mismo, 100.000 pequeñas unidades de sentido, cada una con su peso, su historia, su carácter. Pero es en el salto de las palabras a la frase donde se abre el precipicio. Si tomamos esas 100.000 palabras y las mezclamos en oraciones de tan solo diez términos, el número de proposiciones posible superaría quizá a la cantidad de átomos que hay en el universo observable. La gramática, lejos de limitar ese potencial, lo organiza y lo hace habitable: nos dice qué combinaciones tienen sentido y, al hacerlo, nos hace libres para explorar todo ese territorio, incluso para transgredirlo.
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