El ataque de 1981 destaca una serie de prácticas y realidades operativas cruciales para la seguridad. Es común que las emboscadas ocurran cerca de vehículos, y las personas tienden a agacharse ante el sonido de disparos. La eficacia del Servicio Secreto se evidenció en su capacidad para mantener la calma y actuar rápidamente. Aunque el equipo de protección del entonces presidente Ronald Reagan estaba armado, el atacante fue neutralizado de manera tradicional.
Ghee, un experto en seguridad, subrayó en su clase que, en un alto porcentaje de casos, la protección se lleva a cabo sin armas. Shaw, otro instructor, enfatizó que, en el extranjero, esta situación es aún más común.
A menudo, los agentes de protección que prefieren ir armados enfrentan desafíos legales al viajar entre jurisdicciones con clientes. En esos casos, cuando es necesario contar con agentes armados, suelen externalizar el riesgo a contratistas locales, aunque esto no ofrece garantías. Por ejemplo, en 2020, un agente de seguridad contratado por un medio de comunicación en Denver disparó y mató a un manifestante durante un enfrentamiento, generando controversia y consecuencias legales para los involucrados, incluso la revocación temporal de licencias a empresas de seguridad.
El instructor Shaw retó a su clase a encontrar ejemplos donde un protector haya prevenido un ataque con un arma de fuego. La realidad, como señala de Becker en *Just 2 Seconds*, es que, en la mayoría de los incidentes analizados, son los atacantes quienes deciden cuándo dejar de disparar.
En mi propia investigación, destacaron tres casos en los que el uso de un arma pudo haber evitado un incidente grave. El primero ocurrió en 1950, cuando dos secesionistas puertorriqueños intentaron asaltar la residencia de Harry Truman, donde falleció un oficial de policía al ser disparado. Los otros casos ocurrieron en 2024, involucrando a un candidato presidencial, donde intervinieron rápidamente agentes de seguridad armados.
Investigaciones de Texas State University sugieren que es más común que civiles desarmados intervengan en situaciones peligrosas. Un ejemplo notable fue el intento de intervención en el tiroteo contra la congresista Gabby Giffords en Tucson, donde varias personas arriesgaron sus vidas. Este fenómeno, conocido como interrupción “proyectiva”, es una habilidad fundamental para quienes se dedican a proteger a figuras públicas. Aquellos que pasan la mayor parte de su tiempo sin armas comprenden que ser un guardaespaldas es mucho más que simplemente cuidar de un cuerpo: implica estar dispuesto a arriesgar su propia vida. Kendra Geronimo, una experta en artes marciales, resume esta esencia al afirmar: “Soy un guardaespaldas, lo que implica que debo ponerme en peligro para protegerte”.
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