En un giro significativo de la dinámica política y militar en Irak, algunas de las milicias proiraníes más prominentes han decidido reintegrarse a las fuerzas de seguridad del país, marcando el fin de su autonomía tras más de una década de influencia. Esta reconfiguración se produce en el marco de la creciente presión de Estados Unidos y el conflicto en Irán.
Las Brigadas Imam Ali y Asaib Ahl al Haq, completamente alineadas con Irán y clasificadas como organizaciones terroristas por Estados Unidos, han declarado su intención de “iniciar los procedimientos para consolidar las armas bajo control del Estado”. Este anuncio sigue a intensas negociaciones con el Gobierno iraquí, que sugieren un cambio en la percepción y el papel de estas milicias en la región.
Tal como prevé el analista Nazim al Yaburi del Foro Árabe de Estudios Estratégicos, este proceso será “complejo”. Las tensiones derivadas de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán y de los ataques de estas milicias hacia los intereses estadounidenses en el golfo Pérsico complican la situación. Junto a las mencionadas milicias, también el clérigo Muqtada al Sadr ha decidido integrar su formación armada, Saraya al Salam, en las fuerzas de seguridad bajo la supervisión del primer ministro, Ali al Zaidi.
Hasta el momento, estas tres milicias eran parte de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), un conglomerado que reúne alrededor de 70 facciones armadas con una plantilla estimada de 240.000 combatientes y un presupuesto anual de 3.600 millones de dólares. La creación de este grupo en 2014 fue una respuesta a la amenaza del Estado Islámico (EI), que logró ocupar grandes territorios en Irak hasta su derrota en 2017. Sin embargo, la estructura de las FMP se encuentra ahora en descomposición, provocada por los desavenencias internas y la falta de lealtad hacia el Gobierno de Bagdad.
Al Yaburi sugiere que el distanciamiento de estas tres facciones podría ser el presagio de la disolución de las FMP. Se anticipa que otras milicias seguirán su ejemplo y renunciarán a su autonomía y armamento, aunque entre ellas hay grupos como Kataib Hezbollah y Harakat al Nujaba que han manifestado su oposición a dicho proceso.
Dentro de las FMP ya se evidencian divisiones, ya que algunas milicias, activadas por los recientes conflictos en Gaza, crearon una “organización en la sombra” conocida como la Resistencia Islámica en Irak. Este nuevo grupo ha llevado a cabo ataques contra posiciones estadounidenses en la región, elevando las tensiones y desafiando la autoridad del Gobierno iraquí. La falta de control estatal sobre estas facciones se ha convertido en un obstáculo clave para la estabilidad política, social y económica del país, mientras que las armas fuera de control se utilizan para cumplir con agendas tanto nacionales como internacionales.
Abu Hasan al Sadi, líder de Asaib Ahl al Haq, ha afirmado que esta transformación responde a los llamamientos del ayatollah Ali al Sistani y de la alianza chií Marco de Coordinación, reafirmando que su elección no ha estado influenciada por presiones externas. Sin embargo, el ex asesor del Gobierno iraquí, Munqith Dagher, destacó que la reciente muerte del ex líder supremo iraní, Ali Khamenei, en un ataque estadounidense-israelí ha desestabilizado el marco organizativo de estas milicias, dejándolas sin un liderazgo fundamental.
Con el aumento de las sanciones impuestas por Washington y las amenazas de retirar su apoyo al Gobierno de Irak, la situación de estas milicias se ha vuelto múltiple y compleja. Ambas influencias, la estadounidense y la iraní, han llevado a un punto crítico en el que se prevé que el enfrentamiento militar entre Estados Unidos y las milicias podría ser inevitable a menos que se logre un consenso claro.
Este panorama, que incluye la intervención de actores globales en la política iraquí, pone de relieve la fragilidad de la estabilidad regional y plantea serios desafíos al futuro de Irak.
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